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Te atrincheraste en Villa Adelaida. No te atrevías a salir, temías que en cualquier momento sonara el teléfono para anunciarte un hecho insólito. Querías ver a tus semejantes tras un cristal, como a peces girando en un acuario –peces que hablan hasta por los codos; pero a los cuales no tenías ninguna obligación de comunicarles tus pensamientos. Al anochecer no te pudiste contener, quebraste todas tus determinaciones y te fuiste hasta la casa de Ña Mersé. Hildelisa le había dicho a la negra que un carro patrullero se había llevado a Vanessa. Todavía no se tenían noticias de ella, tampoco de Cundo. Ña Mersé no había visto al negro boxeador en todo el día, ni tenía la menor idea de dónde podría encontrarse. Tuviste que tranquilizarla. Por razones que ignorabas, y que únicamente lograban aumentar tu inquietud, parecía desquiciada. « ¿Seguro que no le ha pasado nada?», preguntaba la santera. «Coronel, ¿tú no me estarás mintiendo para calmarme?» Te clavó una mirada penetrante: «¿Viniste a buscarlo? Sí, tenías apuro en encontrarlo. Por qué, dime, ¿por qué?» «Negra, no es cuestión de apuro. Si hubiera estado aquí, o tú me dijeras dónde podría buscarlo, le hubiera pedido cierta información, eso es todo. No tienes motivos para preocuparte.» «Tú y ese condenado ahijado van a volverme loca.»

De regreso a Villa Adelaida, sorprendiste a Quiroga en la cocina conversando en un susurro con Susana. Quiroga te dijo que Cundo se había aparecido en el portal una media hora después de que habías abandonado la mesa de dominó; se mostró sorprendido, confuso, por la presencia allí de Azucena y del propio Quiroga, parece que no esperaba encontrárselos, entonces como para justificar su inesperada irrupción preguntó por ti, dijo que le urgía verte, que te andaba buscando, y al cabo entró en la casa con Pancho Urquiaga, que según Quiroga, era al que realmente buscaba. A Pancho y a más nadie. El resto no fue más que teatro. Tardaron en retornar al portal. Cundo se fue, hosco, casi sin despedirse, en el Mercedes, Pancho no volvió a concentrarse en el juego, ni se daba cuenta de la data que llevaba su pareja.

Cerca de medianoche, en un taxi, llegó Vanessa. Traía una bolsa. La penumbra del portal acentuaba las líneas de su rostro demacrado, las arrugas de su ropa ajada, sudada, la lentitud de sus pasos, como si más que caminar arrastrara su cuerpo.

            Por favor, no me lo niegues: tendrás que alojarme esta noche. Unos días. No puedo estar sola. En estos momentos no puedo estar sola. Necesito compañía, gente amiga --su mirada triste, lejana, subrayaba la voz fatigada, casi balbuceante. Suplicó--: Déjame entrar. Quiero bañarme, tirarme en una cama.

            —¿Dónde está Hildelisa?

            —No sé ni me interesa. Andará como siempre en lo suyo. Yo no le importo para nada.

            —Diré a Azucena que te ofrezca un cuarto. Bien, báñate, come algo, supongo que no has comido nada en todo el día. Después tenemos que hablar.

            —Mañana, hoy no tengo ganas de hablar contigo ni con nadie. Estoy exhausta, harta.

            —No es cuestión de ganas. El mayor Gonzalo me contó lo de Restituto. Busca en cierta forma involucrarme en el asunto. No entiendo por qué. Por otro lado no se sabe por dónde anda Cundo. ¿Tienes alguna idea?

            —No tengo la menor idea. Mañana devolveré el Mercedes. No necesitaré más los servicios de Cundo. Estoy muy cansada. No me dieron un minuto de reposo. Sin piedad me acosaron a preguntas. Al final, no sabía ni lo que decía.

            —Te lo repito: date un baño. Si no traes en la bolsa qué ponerte, le diré a Azucena que te preste una bata de casa. Te espero en el comedor, no puede pasar la noche sin que hablemos. No podré dormir con este avispero que tengo en la cabeza.

 

 

Cundo Macao se había desvanecido en el aire. Ña Mersé seguía sin noticias de su ahijado pese a que llenó de velas, mariposas de aceite, y platos con rajas de melón, rodajas de piña, manojos de berro y verdolaga, las gradas al pie de la imagen de la Virgen de Regla, la mesa del comedor, y cuánta cómoda, repisa y silla había en la casa. Tú no salías de Villa Adelaida. Como tú, el mayor Gonzalo suponía que en cierto misterioso modo los hilos de la red se anudaban en la pensión, y llamaba todas las tardes inquiriendo si había alguna nueva información.

Una noche, brillante la mirada, reposadas las facciones, serena, ya recuperado el aspecto bonachón de las mujeres gordas, Ña Mersé llegó al portal, se dejó caer en un sillón, y te dijo feliz, risueña, que acababa de recibir, desde Estados Unidos, una llamada telefónica de Cundo Macao. Todo le iba bien. Una pregunta se imponía:

            —Negra, dime la verdad, no le demos más vueltas a la cosa: ¿cuáles eran las relaciones de Pancho Urquiaga con tu ahijado?

            —No es ningún secreto. Pancho siempre fue uno de los que le suministraron a Cundo los productos que después vendía.

            —¿Como los que le vendía a Picúa?

            —Por supuesto.

 

Retenían la atención inmediatamente, en el portal de recias columnas de la calzada del Cerro, dos enormes cartones colgados de las rejas frente a las ventanas. Las rústicas panoplias prodigaban retratos de héroes y de mártires recortados de revistas y periódicos, estridentes titulares de diarios que reiteraban lemas y consignas tradicionales, banderitas rojas, rojinegras, tricolores, estrellas de papel plateado, fotos de atletas en el momento de recibir sobre el podio medallas de oro. Coronaba uno de los murales la imagen de la Caridad del Cobre; el otro, una foto de Benny Moré con su bastón. Señalé las ventanas:

            —Coño, Pancho, ¿qué significa eso?

Tras gruesos cristales, brilló la mirada marrullera de Pancho Urquiaga:

            —Verás, pensé que mi tienda estaba muy desguarnecida. Requería algún detalle que no sólo la animara sino que sobre todo la protegiera. Nunca sobra un resguardo, especialmente si es poderoso. Así que, como te darás cuenta, me aseguré por todos los costados, no dejé ni uno sólo al descubierto. Ni una brecha tendrá el enemigo. Lástima que ya los párrocos no rocíen como antes con agua bendita las sedes de los comercios y de las empresas --Pancho simuló que reflexionaba un instante frunciendo las cejas, y agregó--: Malos tiempos estos que corren, fallan hasta las bendiciones. El hisopo no pudo, no puede, detener los topetazos de la historia. Y por acá, hay que reconocerlo, han sido cerriles. Tal vez el hisopo no fue creado para ese fin, sino para otro más modesto. Es demasiado espiritual para enfrentarse al mandoble manejado a dos manos. Envejezco. Me disculpo, Tigre, envejezco.  Sea lo que sea, por sí o por no, he decidido hacerme ñáñigo. Por aquí, unos amigos, buenos socios, gente de la cuadra, seria, honrada, pacífica, acaban de crear una nueva potencia abakuá, y voy a pedir mi ingreso. Tal vez el tránsito por el cuarto fambá me limpie de salaciones.

            —Muy bien –le digo–; pero antes de hacerte ñáñigo espero que me cuentes qué alegó Cundo Macao para pedirte que lo ayudaras a salir en estampida del país.

            —¿Sabes cuál es la principal razón que me empuja a hacerme ñáñigo? Que juran sobre su cabeza jamás traicionarse. Ni hacerse daño. Y aquí el chivato está que hace olas.

            —Pero todavía no eres ñáñigo, y si lo fueras yo lo soy como el que más, siempre seré más ñáñigo que tú, jurado abakuá, por algo soy Enkríkamo de Bakokó Efó, iniciado nada menos que por Tatica, el propio Tatica, mi viejo y apreciado amigo. Así que entre hermanos no puede haber secretos. Anda, empieza, suelta: ¿qué te dijo Cundo?

            —¿De dónde sacas que yo ayudé a Cundo a salir del país?

            --No perdamos más tiempo. Yo no te voy a echar para alante, y tú lo sabes, ¿qué te dijo?

            —Que estaba en un aprieto. Nunca quiso matarlo; pero con un tipo, ni sé quién es, se le fue la navaja, y hubo una desgracia. Pienso que hubo una mujer por el medio, siempre la hubo en todos los líos de Cundo. ¡Vaya uno a saber!

            —¿Te mencionó el nombre de la mujer?

            —No. Ni yo se lo pregunté. Y si lo supiera tampoco te lo diría. Eso no es de hombre, ni yo le haría esa mierda a Cundo.

            —¿Te has convertido en una agencia de viajes o de turismo? Primero Valentín, está bien, es tu hijo, y eso yo lo respeto, quizás estaba en un apuro. Ahora, Cundo Macao. ¿Cuánto cobra Juancho? ¿Ha subido los precios?

            —Deja a Juancho tranquilo. No tiene nada que ver con esto. Y en cuanto a Valentín lo ningunearon. Para que lo sepas. Toda esa historia de la vacuna contra el sida la había inventado él, de la cabeza a los pies, él solito, sin ayuda de nadie. Era el único que tenía la suficiente base científica para darle una capa de verosimilitud a la cosa. El único que podía convertirla en un material vendible, cotizable en los mercados mundiales. Bastaba sacarla a subasta. ¿Y qué ocurrió? ¿Tengo que decírtelo? Lo de siempre en nuestro país: unos se queman las pestañas y los dedos, y después viene un inepto descarado, pero con un buen palancón, un empedernido tequetero, a alzarse con el santo y la limosna. Primero fue Ismael Longoria; y ahora es el globo inflado de Tato Contreras. Los dos se aprovecharon del asunto, y lo marginaron. Valentín no estaba en ningún apuro. Lo ningunearon, que es otra cosa muy diferente. Un día se cansó, y se mandó a mudar, se fue al carajo. Eso es todo. Punto final. Y yo lo ayudé, como ayudé a Cundo. Yo no soy como otros, yo ni embarco ni dejo en tierra a mi gente. Y tú lo sabes: mi gente primero. Lo he demostrado hasta apostar el pellejo. Y lo seguiré haciendo pésele a quien le pese. Los años me han confirmado que cuando llegan las tres de última, los de las grandes palabras, los que se llenan la boca de ellas cada vez que tienen oportunidad de hablar en público, si en ello les va sus intereses, son capaces hasta de echarte a los tiburones, y sólo tu gente se atreve a tirarte un cabo. ¿Entendido? Más claro ni el agua, purificada, desde luego, no la que nos llega con gusarapos por la cañería. Creo que para una parrafada matinal, ya hemos hablado demasiado.

 

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