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Debo confesar que al terminar una segunda lectura de La resaca, en la edición crítica que Marithelma Costa ha preparado admirablemente para Plaza Mayor, me encontraba perplejo en cuanto a cuál derrotero seguir, qué enfoque tomar frente a una novela que me había causado bastante desazón.  Lo que leí de la crítica puertorriqueña no me satisfizo, ya que divergía radicalmente de mi propia lectura del texto. 

En su análisis de la novela, Costa cita el comentario más acertado sobre la misma, el de Concha Meléndez, quien define el tema central como “la derrota de las  ansias revolucionarias de los patriotas puertorriqueños en las “aguas muertas” de la indiferencia, el egoísmo y la abulia.  El título, La resaca, es una definición simbólica del tema: en la novela, el (549) retroceso de la idea revolucionaria, la persecución y captura de los rebeldes y la muerte del protagonista en el río subterráneo del neblinoso Yukiyú, son la resaca desoladora . . .” (548-549). Meléndez define algunas de las causas de mi desazón.

Otros críticos han preferido aportar comentarios más positivos a tono con la puertorriqueñísima premisa crítica de que “si no puedes decir nada bueno, no digas nada”. José Juan Beauchamp la llama “novela de la tierra” (88). Luis O. Zayas “quijotiza” al protagonista, lo tilda de “auténtico revolucionario dentro del contexto nacional” (226) y de “héroe”, dándole a su madre, la trastornada Lina, el concomitante título de “heroína” (205).  También señala, como recoge Costa en su valoración de la novela que sigue al texto,  que “el protagonista repite aquí la gesta mítica de la historia puertorriqueña . . . arrancando del mito fundacional–representado por la leyenda de Uroayán–y condensándolo en las hazañas de su héroe” (549).  Cabe preguntarse si Puerto Rico tiene una verdadera gesta histórica, qué mitos la sustentan, o si tal gesta es una construcción cultural para justificar el fracaso del proyecto fundacional.

Mi propio análisis me llevó a descartar el concepto de romance fundacional propuesto por Doris Sommer. En La resaca las relaciones eróticas tanto como  la reproducción salen mal paradas.  No hay copulación satisfactoria en toda la narración; con dos excepciones, lo que existe es el maltrato, el abandono y la violación de esposas y concubinas bajo la férula de un rígido sistema patriarcal que incluye tanto a insulares como a peninsulares.  Las hembras de los jíbaros le pertenecen a los amos (253; 269; 456); las hijas de los amos le pertenecen al padre (264-65)  Uno de los puntales temáticos consiste en la mortandad de niños y adolescentes.  Dolorito, en su infancia, está a punto de morir dos veces (101;103) El proletariado pierde infantes a diestra y siniestra por inanición o enfermedades.  Los hijos de las clases altas no están exentos: Lorenzo Quiroga muere a manos de su rival en amores (263); Lope, producto de la violación de Rosario, una criolla, por Gil Borges, un español, muere a manos del propio Dolorito (496-97). El mismo Dolorito sufre un proceso constante de regresión. Cada vez que confronta la muerte de un niño o de un adolescente, quisiera ser él quien hubiera muerto (377) lo cual constituye una negación del proyecto fundacional. En cuanto a las mujeres, Lina, la madre de Dolorito, sufre de monomanía religiosa (116); Lucía sufre crisis nerviosas (262) y se convierte en la esclava de su marido; Rosario empuja a su vástago a un cuasi incesto y es la causa indirecta de su muerte (488).  Y para colmo, Dolorito jamás se reproduce (272).  No puede asumir un rol fundacional.

Dolorito en sí es un “bandido” sumamente conflictivo.  Su nombre es más apto para un cotorro que para un héroe.  Su madre, y por extensión toda maternidad–es prominente el tema de la virgen de Hormigueros (156, 465-75)--, constituye su obsesión, al modelo Freudiano (410). El pozo, cuya presencia lo persigue, las aguas que lo amenazan constantemente, pueden ser muy bien una versión del útero materno. Don Cristo, la versión masculina de su madre,  sufre de inapetencia y abulia (174). Su padre es también abúlico, alcohólico y depresivo (114) La abulia, por definición, es la incapacidad para ejercer la voluntad, marcador de inferioridad degenerativa en el discurso finisecular decimonónico (Smith 103). Su abuelo materno–cuyo nombre él adopta–es un suicida (110).

Dolorito salva esclavas (97) y pajaritos(102), roba pulperías y haciendas–siempre que pertenezcan a insulares(352, 379)–casa jibaritas preñadas con los blanquitos que las han seducido(426); libera presos–siempre que sean puertorriqueños(343)–pero muestra una y otra vez una asombrosa falta de estrategia para mantenerse libre (442) o atacar al enemigo, a quien cuando captura deja libre porque su moralidad le impide la violencia asesina (342, 396, 402-03).  Comete dos homicidios en toda la novela: Lope, un criollo mestizo, y su archi-enemigo español, Balbino Pasamonte–pero resulta que ya los americanos han invadido.  Y finalmente, muere dos muertes: el nuevo enemigo, que para colmo es un tejano, lo abalea, y su amada montaña mítica, el Yukiyú, se lo traga.  Va a parar al pozo que ha temido desde su infancia.  Dolorito no corresponde al bandido que pasa a caudillo que pasa a hombre de estado como describe Juan Pablo Deboves en su magistral estudio sobre el bandidaje y desarrollo nacional en la literatura latinoamericana. No es suficientemente violento.

El final de la novela anula su tan mentado contenido mítico.  La repetición del gesto histórico no resulta en un movimiento hacia el futuro.  La creación de la leyenda de Dolorito no anula la progresión hacia el pozo  no de un individuo sino de todo un territorio que no ha logrado constituirse en nación, dada la falta de voluntad y la pasividad acomodaticia de sus habitantes (509).  Naturalismo, determinismo histórico e individual.

Ya para este momento de mi lectura, La resaca me recordaba dos fuentes que ningún crítico había cubierto: el concepto de race, moment, milieu que forma las bases del naturalismo, y el estudio de Michael Aronna, Pueblos enfermos.  Aronna analiza el discurso de la enfermedad que surge de las teorías de degeneración propagadas por Max Nordau y Gustave Le Bon en las postrimerías del siglo xix, y se recoge en pensadores latino-americanos y españoles tales como Ángel Ganivet, Enrique Rodó, Alcides Arguedas, y Carlos Octavio Bunge. El escritor más cercano a estos teóricos en Puerto Rico, con bastantes salvedades,  ha sido Antonio Pedreira. Josefina Rivera de Álvarez lo considera “el maestro”  de Laguerre (II: 817), y el propio escritor narra el rol crucial que Pedreira jugó en la publicación de La llamarada, su primera novela (1935) como editor y reseñador (Costa, 61), hermanándola con clásicos como Doña Bárbara, La vorágine y Don Segundo Sombra (Álvarez II, 814).  Saqué mi muy manoseada y apuntada copia de Insularismo, ensayo que a mi juicio es el retrato definitivo de la apórica identidad puertorriqueña.  Y lo releí.

Y al leerlo, me encuentro que La resaca es la versión novelada de Insularismo, incluyendo el determinismo geográfico y la crítica amarga contra la negativa personalidad nacional: el puertorriqueño dócil.  Nada de Galdós o Cervantes, aunque tiene mucho de Rómulo Gallegos, El Periquillo Sarmiento y hasta del Dante–la relación del  Dolorito con Rosario, basada en la castidad y la distancia (476), es una versión irónica de la relación Beatriz-Dante.

Pedreira defiende a Laguerre en el prólogo a la segunda edición de La llamarada, que Costa incluye en su edición para Plaza Mayor del texto, por la característica en La resaca que más me choca: “De la filosofía derrotista que pudiera haber en la novela no tiene la culpa el autor;  la tiene el personaje que en realidad vive esa vida. . . . Yo le quisiera más resuelto, más decidido, más optimista, triunfando en todo y sobre todos, pero el no es así hay que tomarlo como es, sin pretender que sea otro”  (80).  Estas palabras, escritas sobre Juan Antonio Borras, se aplican perfectamente a mi rechazo de Dolorito como personaje inverosímil–esto es, no creíble. No hay tal cosa como un “bandido bueno”.

En La resaca resalta el tratamiento negativo del elemento negro, a pesar del personaje de Pai Domingo, el marido de la esclava que Dolorito protege de niño.  Una cita basta: “De las Torrecillas habían venido los negros.  Unos cuantos sorbos de aguardiente les hacían arder los sesos como jueyes al carapacho acabaditos de salir de la olla” (377).  Pedreira, tan lúcido cuando se trata de analizar defectos y las virtudes de los puertorriqueños, regurgita el discurso racista de los teóricos finiseculares (XIX) europeos y latinoamericanos. Laguerre lo repite, llevado por la noción, también fomentada por Pedreira, de que el único puertorriqueño legítimo es el criollo--léase, no contaminado por la negritud-- del Yukiyú, la altura, el dichoso jíbaro-- y que la bajura, el mar, la resaca, la costa, los manglares, los negros, los tremedales, son sus enemigos naturales.  A nadie le parece extraño que en Puerto Rico no exista una “novela de la costa”.

El nombre del anti-héroe protagonista de esta novela es decididamente antifundacional.  El siguiente párrafo en Insularismo, resume y origina la personalidad de Dolorito, bipolar o esquizofrénica (376), representativa de una corrupta identidad colectiva: “Nosotros creemos, sinceramente, que existe el alma puertorriqueña, disgregada, dispersa, en potencia, luminosamente fragmentada, como un rompecabezas doloroso que no ha gozado nunca de su integridad”(168).   Dolorito recorre  la isla de  un lado a otro sin nunca rebasar sus fronteras ni encontrar descanso. Evalúa su situación espiritual: “Estaba solo, angustiosamente solo.  Encontró que la tierra era demasiado ancha y deshabitada. Y él, solo, angustiosamente solo” (462).  Como su padre,   tiene tantos nombres que ya ni sabe cuál de ellos le corresponde (515).  No se reconoce como el ser legendario en que lo ha transformado su amigo Juan Gorrión (464, 484)–o Juan Volao, porque también tiene varios nombres). Dolorito entra a una leyenda literaria, no histórica.  En el plano histórico, su leyenda no existe.  Las leyendas reales corresponden a maleantes como Isabel Luberza, la gran meretriz ponceña, o Toño Bicicleta, asesino de su esposa y parientes. No se puede “leudar” la historia con la levadura de la leyenda (Costa, Entrevista 92), y más si es una leyenda literaria.

He querido hacer, a vuelo de pájaro, un recorrido por lo que he pasado como lector, no como crítico, con respecto a La resaca.  Planifico un trabajo mucho más extenso sobre esta novela e Insularismo, que me permita colocarlos en el contexto más amplio de la literatura latinoamericana y europea. Y agradezco a la Profesora Costa el haberme ofrecido esta oportunidad de un reencuentro con la literatura puertorriqueña, en su magnificas ediciones para Plaza Mayor, La llamarada, y la entrevista, Conversaciones con Laguerre

En la edición de La Resaca el lector encuentra una minuciosa biografía del autor, un estudio de la relación entre literatura e historia seguido un minucioso recuento del momento histórico en que se desarrolla la acción.  Le sigue una explicación de las diferentes ediciones.

En cuanto al valor pedagógico de esta edición, cuenta con una  cronología múltiple, que cubre de 1905 al 2005, relacionando la producción del autor con acontecimientos históricos, literarios, artísticos y científicos; una explicación de abreviaturas, y copiosas y eruditas notas al calce,   El comentario crítico al final del texto incluye un resumen del contenido, un examen de los temas principales, una lista de personajes principales y un análisis de la obra, seguido de una extensa bibliografía. Termina la edición con actividades para el estudio de la obra y un índice léxico, onomástico y fraseológico. 
 
No puede pedir más ningún lector, sea erudito, pedagogo o estudiante.  El enfoque de Marithelma Costa es  el modelo de cómo editar  y preservar la literatura puertorriqueña.


Nueva York, 2010

 

 

Obras consultadas

Aronna, Michael‘Pueblos Enfermos” The Discourse of Illness in the Turn-Of-The-Century Spanish and Latin American Essay  Chapel Hill 1999.

Beauchamp, José Juan..  Imagen del puertorriqueño en la novela

Costa, Marithelma.  Enrique Laguerre: Una conversación.  San Juan, PR.: Plaza Mayor, 2000

Dabove, Juan Pablo.  Nightmares of the Lettered City: Banditry and Literature in Latin America 1816-1920.  University of Pittsburg Press, 2007

Laguerre, Enrique.  La resaca

---.  La llamarada.  San Juan , P.R. Editorial Plaza Mayor, 2002.

Pedreira, Antonio.  Insularismo San Juan de Puerto Rico: Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1957.

Rivera de Álvarez, Josefina.  Diccionario de literatura puertorriqueña .  Volumen. 2.  San Juan de Puerto Rico: ICP 1974

Smith, John H.  “Abulia: Sexuality and Diseases of the Will in the Late Nineteenth Century”.  Genders 6 (Fall 1989): 102-123.

Sommer, DorissFoundational Fictions: The National Romances of Latin America.  Berkeley: University of California Press, 1991.

Zayas, Luis OO.  Lo universal en Enrique A. Laguerre.  Río Piedras: Editorial Edil, 1974.

 

 

¿Buscas reunir una bibliografía decente de algún autor puertorriqueño de finales del siglo XX? Este diccionario es una guía magnífica para ello.

La virtud bibliotecaria del amor a la clasificación y el orden de los libros se debate con el vicio de estudiar a los mejores autores literarios de la patria para dominar la persona y la pluma de Víctor Federico Torres, autor del Diccionario de autores puertorriqueños contemporáneos.

Víctor Federico, ante la imposibilidad de decidirse entre ambos extremos, decide ser referencista y profesor de Estudios Hispánicos al mismo tiempo, hecho que no le permite a ninguna de dichas especialidades vanagloriarse de poseerlo por completo.

Liberado de ataduras ortodoxas y moldes demasiado prejuiciados, Torres procede a compilar, para la Editorial Plaza Mayor el trabajo de los escritores puertorriqueños dedicados a la creación literaria que han publicado sus libros en las últimas décadas del siglo
XX (1960-2000) según los dictámenes de su conciencia escindida, pero igualmente equilibrada: serán los lectores los que, a partir de su escogido, juzguen qué escoger. De un lado, incluye a los maestros del canon que hoy ostentan el poder de la fama transisleña traducida en ventas (Magali García Ramis, Edgardo Rodríguez Juliá, Ana Lidia Vega, Mayra Montero, Luis López Nieves, Rosario Ferré), y, de otro, a los menos conocidos o menos circulados más allá del público de culto (Pedro Cabiya, Noel Luna, Néstor Barreto, José Liboy, Eduardo Lalo, Aurea María Sotomayor).

El diccionario contiene una nota biográfica relevante de cada autor, sin nimiedades, pero repletas de curiosidades chéveres relacionadas con sus vidas enredadas. Además, un listado en orden cronológico de las publicaciones de cada uno y una bibliografía secundaria muy completa de los comentarios de cada texto que se han hecho en libros, revistas y periódicos, locales e internacionales. El resultado de dicho mosaico referencial es impresionante: antes de este libro de Víctor Federico, que se hace en homenaje y continuación del Diccionario de literatura puertorriqueña de Josefina Rivera de Álvarez, existía la excusa barata de que aquí es imposible encontrar (¿dónde?) algo bueno que se haya publicado después de la década de los sesenta. Ahora, en el tiempo post Víctor Federico, ay de aquél que alegue que no halla qué leer que valga la pena o, peor aún, que no puede seguir ni un rastro de las discusiones literarias más importantes de la época.

 La súper tarea semisilenciosa y puntillosa de Torres no sólo significa un acto de generosidad enorme al regalarles a los lectores un corpus decente y sesudo de la producción literaria nacional de los años pasados, sino que constituye una pieza guía, una especia de brújula, un aparato estimulante, para explorar los caminos de la escritura que se está gestando ahora y que permanecen aún inexplorados por la tríada emplazada por el estudio de Víctor Federico: escritores, lectores y críticos.

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*Revista Diálogo (Septiembre 2009). El autor es periodista y abogado.
 

            



El recién publicado Diccionario de autores puertorriqueños contemporáneos** muestra la vibrante trayectoria de la literatura puertorriqueña a partir de la década de 1960.

Esta indispensable obra de referencia, a cargo del profesor Víctor Federico Torres, viene a llenar un vacío en el trabajo bibliográfico sobre la literatura puertorriqueña reciente. El tomo provee información biográfica y bibliográfica sobre 92 escritores puertorriqueños que comienzan su producción literaria durante las últimas cuatro décadas del pasado siglo.

Según Torres, la fecha de inclusión no fue completamente arbitraria, ya que retoma el trabajo bibliográfico de Josefina Rivera de Álvarez publicado bajo el título de Diccionario de literatura puertorriqueña. Aún en su edición revisada de 1970, el trabajo de Rivera de Álvarez sólo incluye la obra de escritores puertorriqueños hasta 1967.

En la introducción, Torres aclara que no se trata de un catálogo o directorio de todo quien escribe en la isla, ni tampoco de una historiografía de la literatura puertorriqueña. Sin embargo, al hojear las entradas del Diccionario, se destaca la diversidad temática, lingüística y de género de la producción literaria puertorriqueña en las últimas décadas.

Uno de los mayores logros de esta obra es haber incluido a escritores de la diáspora puertorriqueña, al igual que escritores extranjeros que escriben desde la isla se consideran a sí mismos puertorriqueños. El texto incluye a autoras como Judith Ortiz Cofer y Esmeralda Santiago, ambas nacidas en Puerto Rico pero educadas primordialmente en EEUU y por lo tanto, eligen el inglés como su lengua de creación literaria.

A pesar de no escribir en español, en la temática de ambas se destaca la experiencia inmigrante, en la cual se refleja el legado cultural puertorriqueño.
De igual manera, se incluye la obra de los poetas nuyorican Miguel Algarín, Tato Laviera y Pedro Pietri, cuya obra se caracteriza por la oralidad, intenso contenido social y la fusión de lenguas y culturas. El libro, sin embargo, no incluye a la generación más joven de escritores, en la cual se ha destacado la obra poética de Urayoán Noel y la de escritores como Aravind Enrique Adyanthaya, Ana María Fuster y Guillermo Rebollo-Gil.

Según Torres, estos escritores quedaron fuera de la presente edición por haber comenzado a publicar a fines de la década del noventa, lo cual hubiese hecho aún más difícil la tarea de recopilación bibliográfica. Afortunadamente, Torres reconoce la necesidad de actualizar el volumen en un futuro cercano para incluir a esta nueva generación.

Llama la atención, sin embargo, la exclusión de Martín Espada, cuya extensa obra poética se ha identificado con la experiencia inmigrante, en particular, la de la diáspora puertorriqueña. Recientemente disponible en traducción al español, la sutil poesía política de Espada, al estilo de Corretjer, constituye una importante omisión que esperemos se corrija en ediciones posteriores.

Evidentemente, en un texto de 398 páginas es imposible profundizar sobre los escritores y su obra, pero lo que le falta en cuanto a análisis se complementa con la información bibliográfica que acompaña las entradas. De cada escritor se incluye la obra publicada y su bibliografía secundaria, la cual no sólo incluye trabajos académicos sino también entrevistas y reseñas.

Es entonces un texto esencial para el estudio de la literatura puertorriqueña contemporánea y también un documento que muestra la vitalidad y diversidad de la misma.

__________
*Se reproduce por autorización y cortesía de la autora.

** Diccionario de autores puertorriqueños contemporáneos, Víctor Federico Torres. Editorial Plaza Mayor, San Juan, Puerto Rico, 2009, 398 pp.

Fuente:
Gil, Lydia "Nuevo diccionario muestra la vibrante literatura puertorriqueña contemporánea" [en línea]. EFE, El Sentinel. 9 abril 2009. <http://orlando.elsentinel.com/vida/oes-13663175apr09,0,6991282.story>
[Consulta: 21 abril 2009].



 

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