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MARITHELMA COSTA. Nació en San Juan, Puerto Rico, en 1955. Estudió Filosofía en la Universidad de Puerto Rico y en la Universidad Autónoma de Madrid, así como Filología Hispánica y Literatura en la Universidad de Columbia y en la Universidad de la Ciudad de Nueva York, donde realizó su doctorado en literatura medieval española.

Impartió clases en la Universidad de París-13, y en la actualidad es profesora en el Hunter College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York, donde enseña literatura medieval y poesía española. También ha dado varios talleres literarios en el Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Especialista en poesía del siglo xv; fruto de sus investigaciones son los libros: Antón de Montoro. Poesía completa (Cleveland State U. Press, 1990) y Bufón de Palacio y comerciante de ciudad. La obra del poeta cordobés Antón de Montoro (Córdoba: Diputación Provincial, 2001).

Es autora de numerosos artículos sobre literatura medieval y contemporánea, publicados en Estados Unidos, México, Argentina, Colombia, Puerto Rico, Francia y España; y ha realizado lecturas en universidades de Estados Unidos, Puerto Rico, Honduras, la República Dominicana, México, Venezuela, Francia y España.

Ha escrito poesía y narrativa, y recibido destacados premios como el de la American Poetry Association.

Su bibliografía es extensa e incluye poemarios como Diario oiraiD (OLLANTAY Press, 1997) y De tierra y de agua (ICP, 1988);  libros de entrevistas a importantes autores, como:
Enrique Laguerre. Una conversación (Plaza Mayor, San Juan, 2000), Kaligrafiando: conversaciones con Clemente Soto Vélez (Editorial de la Universidad de Puerto Rico, San Juan 1990, en coautoría con Alvin Figueroa) y Las dos caras de la escritura. Conversaciones con M. Benedetti, M. Corti, U. Eco et al (Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1988), en coautoría con Adelaida López).

Es autora de la novela Era el fin del mundo (1998) y las ediciones anotadas de La llamarada (2002), y
La resaca (2009), ambas obras de Enrique A. Laguerre publicadas por la Editorial Plaza Mayor en su Colección Clásicos Comentados de la Literatura Puertorriqueña.
 

Comentarios a su obra

Sobre Diario oiraiD (poemario)

“Una poeta viajera”, José Olivio Jiménez

Una intrépida caribeña –Marithelma Costa– recorre tierras y parajes de España. Y su mirada poética, hecha de sensibilidad y cultura, de precisión y sugerencia, los va haciendo entrañablemente suyos. Y al registrar las incidencias (gozos y penas) de su recorrido, en fragmentarios poemas, nos deja literal constancia de que va trazando un viaje de ida y vuelta; por ello pone cuidado, desde el título, de que se trata de un Diario / oiraiD. Por momentos se le entromete su Caribe raigal: con palabra desgarrada ahora, con palabra sensorial después. Y producido el inevitable regreso al punto de partida, se imponen otra vez oposición e integración: España desde Nueva York, y viceversa; el ANVERSO y el REVERSO, y viceversa también (en páginas que apuntan a las más altas cotas meditativas e imaginativas: no en balde ensayan una febril indagación lírico-metafísica en torno a esa enigmática realidad que para una nativa de los llanos, será siempre “el monte”).

Desde todos los flancos, las dualidades, los binarismos, se empeñan en diseñar la marca poético-emblemática de esta puertorriqueña Marithelma Costa. Que aquí abre ahora, para el mundo de la poesía escrita por mujeres, un nuevo campo, un nuevo rango: el de la poeta viajera, del que ella quedará como venturosa pionera.

Rosario Ferré

Diario / oiraiD es un libro de perfecto maridaje entre estructura y contenido. En él el viajero latinoamericano observa los dos lados de su rostro, mientras repite un ascenso y un descenso en el espejo de su vida a caballo entre dos culturas, la norteamericana y la española. Nacida en Puerto Rico y residente en los Estados Unidos hace más de veinte años, la poeta efectúa una peregrinación espiritual por un tercer paisaje: el de Castilla y la serranía de Cuenca; el mismo paisaje de Machado.

Carmen Dolores Hernández

Diario / oiraiD nos lleva a los lectores en un viaje que es a la vez interno y externo. Nueve día de ida; nueve de vuelta. Un descanso –maravillado– a la mitad, en la cumbre del camino y una reflexión –conmovedora– a su final.

Costa, una de las más prometedoras escritoras puertorriqueñas sugiere mucho en pocos versos. El viaje que en el vuelo de sus palabras –precisas, luminosas– hacemos, nos lleva al re-conocimiento no solo de un paisaje definido sino de la más humana de las condiciones: la incertidumbre y la transitoriedad de la vida.

Silvio Torres Saillant

Diario / oiraiD dramatiza la crónica lírica de un viaje permanente por una ruta cuya circularidad funde la partida y la llegada. En este escueto poemario Marithelma Costa hurga sostenidamente en el dilema de las distancias. Rinde tributo la dislocación intrínseca de su caribeñidad. Este volumen se distingue por grados de énfasis y sutilezas de los anteriores libros de poesía de la autora. En De Al’vión, publicado en 1987 y en De tierra y de agua, dado a la estampa un año después, prima la impronta etiológica y se apunta hacia la búsqueda de una solución existencial al acertijo de la vida. A falta de una verdad plenamente confiable allí la persona que forja la poeta termina aferrándose a la magia de la palabra artística: “no será naturaleza / será poesía lo que te salve”. En Diario / oiraiD la cosa cambia. Aquí la pesquisa ontológica concluye en el refugio consolador del paisaje.

[…]

Costa ha confesado que al escribir se le mezclan las cosas “de momento aparecen en la hoja el Medioevo, los cuadros de Ucello y un aria de Tosca, junto al sonido horizontal de la selva amazónica; de momento encuentro los templos de Mesoamérica con los blues de Mamphis; la curiosidad y el deseo de un Oriente que todavía desconozco, de una Roma que siempre se me escapa, con la dulzura de los huaqueros de Nasca y Paracas”. Pienso que esa aceptación del sortilegio de la mescolanza armoniza con la apertura cultural caribeña. Los caribeños descienden de las más disímiles ramas de la familia humana y han sido fusionados por una historia insólita en un archipiélago conformado por despojos de otros mundos. Es decir, no hay disparidad ni hibridez que nos pueda parecer anormal.

[…]

Costa piensa, de hecho, que la diáspora latinoamericana en los Estados Unidos goza de una perspectiva afortunada. Afirma que aquí podemos acceder a un sentido más profundo de nuestro vínculo con la familia humana: “en una ciudad como Nueva York la nacionalidad se reduce mientras que la cultura la etnia se expanden”. Es decir, antes que tornarnos apátridas, nuestro exilio nos abre el amplio territorio de una patria mayor.

La poeta escribe “para fijar lo que vivo, para hacerlo más concreto, más real, para completarlo en la página”. Mi lectura de sus textos me compele a añadir que lo hace también para completarse a sí misma. De ahí, pues, la búsqueda ontológica que se realiza a través de la realidad física, externa al individuo, en los poemas de Diario / oiraiD. William Carlos Willias, a quien lo puertorriqueño no le era ajeno, se decidió a encontrar las ideas en las cosas. En nuestra poeta puertorriqueña se radicaliza la ecuación. El paisaje, el espacio físico, llega incluso a suplantar la relación humana: “El tú se ha convertido en un aquí/../ El tú son los pinos y las rosas”…

Por su decidida apropiación del paisaje como el marco dentro del cual delinear los contornos de su identidad más profunda, propósito que motoriza el estado de viaje permanente en que se nos presenta la poeta, Diario / oiraiD puede hacernos regresar a Campos de Castilla (1912), el apreciable poemario de Antonio Machado. En el prólogo a una edición posterior Machado se planteó el drama de la relación del ser humano con la realidad exterior asunto que veía marcado por un “doble espejismo”. Es decir: “Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde solidez, y acaba por disparársenos cuando llegamos a creer que no existe por sí, sino por nosotros. Pero si, convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de afuera, y en nuestro mundo interior, somos nosotros mismos lo que se desvanece”. Quizás sea el conocimiento de esa “íntima realidad” lo que hace que el poema-planicie “Cumbre” de Diario / oiraiD parezca legislar que sólo se ama lo tangible. Hubo una vez un arzobispo británico que redujo la esencia de la realidad concreta a nuestra capacidad para percibirla: esse est percipi. Y he aquí una voz literaria caribeña de hoy que nos persuade de lo contrario: es el mundo exterior lo que confirma nuestra existencia. Pero, a final de cuentas, Diario / oiraiD importa porque en él Marithelma Costa se muestra dueña de un decir propio lo que hace lícito que la llamemos poeta y que, como tal, siga ocupando un lugar señero en la literatura puertorriqueña y en la escritura de expresión española en los Estados Unidos.

Marta Apone Alsina

El espejo es un símbolo elemental que parece denotar varias actividades humanas: pensar; admirar la belleza (desde el reflejo que obsesionara a Narciso hasta el monólogo de la bruja de Blanca Nieves) y reflexionar sobre asuntos íntimos que raras veces carecen de una dimensión moral (los diarios, espejos de escritura, calas en la conciencia, les llamó Hostos). Todo lo anterior apunta al dualismo que albergan los espejos y es esa precisamente una de las claves de un cautivante y mínimo poemario de Marithelma Costa, publicado en Nueva York por Ollantay Press: Diario oiraiD. Los desnudos fragmentos de cada poema breve parecen trazos de una escritura que sobrepasa las palabras para acercarse a los principios de composición de las artes visuales. Hay una perfecta simetría en este libro, seccionado en forma de tríptico.
 
[…]

EI poemario está hecho con la claridad de esos pictogramas o dibujos infantiles que simbolizan una montaña par medio de un triángulo, una pirámide o un cono invertido. Cada ladera es el reflejo de la otra. EI espejo absorbe pero también refleja, el paisaje no deja de fascinar y absorber al ojo que le mira.
 
[…]

Este libro tiene la consistencia de los paisajes que describe: es duro y cristalino pero al mismo tiempo, quizás por ese laconismo que se cierra en la elipsis, enigmático. EI enigma nos remite a la. sensual naturaleza del monte, donde el movimiento marca la esencia de las cosas. EI bosque de los símbolos, ubérrimo de interrogantes y misterios, es, además, la suma impenetrable de todos los montes, una materialidad hecha de tiempo intangible.

[…]
 
Parecería que la autora - medievalista por especialización académica, pero de una curiosidad muy cercana a las culturas vivas de la ciudad donde vive y muy particularmente a los íconos caribeños (es autora de dos libros de entrevistas: uno a Clemente Soto Vélez y otro donde entrevista a figuras "transnacionales" como Sylvia Molloy y Umberto Eco) – intenta reducir al mínimo rastro, como los alquimistas en su persecución de la quintaesencia, los ríos, las corrientes y montes, todos los elementos, en fin, de su pasión y formación. Ese empeño de fina cocción y larga tradición es, desde luego, parte de una búsqueda que en este libro deja sus huellas, en diálogo especular con los viejos recursos del diario íntimo: una conmovedora lucha interna, el incontrastable paso de un alma, fugaz como la sombra de un ave en vuelo sobre el desierto. Capítulo de una obra diversa que promete seguir ampliando su registro en la novela que publicará muy pronto Marithelma Costa, Era el fin del mundo.

Sobre Era el fin del mundo (novela)

Carmen Dolores Hernández, “Lo mejor del 99” El Nuevo Día
Deliciosamente caricaturesca, mezcla de farsa, parodia y fantasía, la novela Era el fin del mundo es un divertimento ameno y amable que juega con los extremos equivalentes de la antropomorfización de lo divino y la mitologización de lo humano cuando dioses, ángeles y hombres se tratan de poner de acuerdo para salvar al mundo empezando por Puerto Rico.

Ricardo León Peña-Villa. El Diario La Prensa

La novela provoca risa, y repito, está escrita con una calidad que en nada se parece a las novelas que en la última década han aparecido en la literatura femenina latina en los Estados Unidos, esta es universal y hay que decirlo por aquello de la calidad.

En esta obra se goza de la picaresca nuestra,' se presenta con una oración y hasta maldiciones tiene, como la siguiente: "en estas páginas se guarda el pasado, el presente y el futuro del Archipiélago. Aquél que las lea debe hacer buen uso de' lo que ellas encierran, so pena de 'sufrir la maldición de Atanamá,. Señora de Baquía". Mas no es por miedo a la maldición que digo que es buena literaria e históricamente, sino que así se llama a las obras con calidad, y además no hay porque ocultar el placer de leer un buen libro.
Reseña Revista Domingo. El Nuevo Día (8.8.99).

Como el poema de Palés, “Ñáñigo al cielo” los personajes adquieren relieves de tirilla cómica junto con visos de un hiperrealismo acendrado mientras que, con un guiño al lector, Marithelma Costa introduce indistintamente lo conocido y lo desconocido en la novela. Hay pasajes graciosísimos, como el recuento de los castigos que les esperan a los ángeles díscolos o desobedientes –“Pérdida de alas, largas estadías en el limbo… ¡Ay!, y el más abominable: llevar cuentas de jaculatorias e indulgencias”—pero el tono general es amable más que hilarante.
La puertorriqueña radicada en Nueva York, Marithelma Costa, quien es también poeta, ensayista y una gran entrevistadora … con este texto deja entrar una brisilla fresca en el recinto a veces un tanto claustrofóbico de las letras de nuestra isla.
Sobre los relatos

José Olivio Jiménez. ”Marithelma Costa y el placer de narrar”

Marithelma Costa ha entendido, en su mejor alcance, la famosa invitación de Roland Barthes hacia "el placer del texto" (Ah, insigne maestro, ¡cuántos textos sin placer se han cometido en tu nombre!). Marithelma va a la escritura por placer, y lo que es más: puede comunicárnoslo. Y los lectores se lo agradecemos. Y le es posible actuar así porque, de entrada, sabe narrar y le gusta narrar: ese viejo arte, tan olvidado. Para ello esta armada de todo lo necesario. En primer lugar, posee una imaginación fértil y vivaz (lo cual le evita recurrir a los viejos trucos del realismo mágico --tan folklórico-- de nuestras tierras). Y pone esa imaginación suya, si está en vena, de las más inverosímiles andanzas, cuando como nos cuenta, desde los oscuros fondos medievales, las regocijantes ocurrencias de un divertido demonio (y esto en "La Candelaria", una pieza para la cual erudición+ diversión= ficción sería la más idónea). O cuando la aplica, con finísima ironía, para devolvernos la versión moderna de una de las debilidades humanas más tercas a través de los tiempos: la presunción ("El pavón"). O si, con mirada detectivesca, va persiguiendo las sutiles estrategias de ese peligro tan actual que es la amenaza de la instalación de un sistema policial y totalitario ("La invasión"), sin necesidad de caer por ello en ninguna suerte de panfleto ideológico. Una imaginación que sabe atraernos y entretenernos; pero que no impide el que, bien leídos sus cuentos, revelen estos una muy afilada pupila crítica que (y la autora lo sabe) tiene que que nunca perdamos esa impostergable sensación de placer que ella misma debió experimentar al escribirlos.

Imaginación, sí, pero también el dominio de un lenguaje fluido, natural, incisivo y gracioso a la vez, desenfadado a ratos, delicioso siempre. Y sobre todo, un eficaz sentido del cuento como género autónomo: como una ventana a través de la cual, desde lo recortado en el marco de esa ventana, que es lo narrado, nos lancemos en busca de lo que el marco oculta. Y sabe Marithelma Costa terminar a tiempo… para no terminar precisamente. Y dejar (¡ah, manes, aquí venturoso, de Umberto Eco, esa otra gran devoción de Marithelma!) que nuestra imaginación, reactivada por sus eficaces resortes narrativos, siga trabajando más allá de donde ella ha puesto el punto final.


Para leer
 
 
La Candelaria
(Cuento inédito)

Virgen de la Candelaria
por tu devoción
líbranos del fuego
apaga el fogón


Este va a ser un siglo memorable. Lo abrí con una tormenta espectacular el segundo día de febrero, y creo que lo cerraré con varios antipapas y el gran Cisma de Occidente.
 
Gaudencia entera se había congregado en la plaza para presenciar la bendición de la nueva imagen. En el altar, preparado a toda prisa por el Maestro de la Estigia, aparecía María con nimbo de oro. La llamaban la Candelaria. Clemente, el nuevo obispo, le había comisionado el retablo a Simón y, aunque le había prometido el oro y el moro, esperaba salirse con la suya y sacarse la virgen gratis. Una acusación anónima de hereje bastaría para encomendar al cobrador al Tribunal del Santo Oficio.

Según Clemente, la Virgen Flamígera era producto de una noche de éxtasis. En los expedientes a la curia, explicó que se le había aparecido la Purísima y le había pedido, en su lengua materna, que le consagrara el segundo día de febrero. Cómo diantres comprendió el arameo, nunca lo dijo. El muy astuto presintió que la poliglotía le podía traer dificultades, y no abundó sobre el tema lingüístico. Aunque en el Vaticano sospechaban que había gato encerrado, aprobaron sin discusiones la Santa Virgen de las Candelas.

La verdad del caso es que no hubo revelación, lengua semita, ni Mater Amantísima, sino una borrachera que hizo historia. Aquella noche había ido a Gaudencia a visitar a algunos adeptos y por casualidad descubrió la antigua Plaza de la Paja. Mientras admiraba una fachada del más puro románico, encontré al obispo y me dediqué a cultivarlo. Para omitir las formalidades que, dado mi oficio, son más bien engorrosas, decidí entonarle una saeta. El pastor de la Santa Grey se conmovió, me invitó al Mesón de la Pepa y comenzó a contarme la historia de su vida.

Se consideraba un cantor frustrado y su familia era responsable de ello. Cuando niño, podía imitar hasta a los ángeles y para comprobarlo, me lanzó un do de pecho que me erizó el pelo. Como sus padres sospechaban que la vida de los músicos era poco rentable, abogaron por él en Roma y su primo el pontífice lo asignó a aquella ciudad perdida de Levante. En Gaudencia gozaría de una perfecta sinecura y olvidaría su prometedora carrera de barítono. Cuando iba a servirme el segundo vaso de tintorro, me percaté de que el Clemen se había metido al gaznate litro y medio de aguardiente. Y lo mejor, es que estaba tan campante.

Al ver mi sorpresa, el obispo me confesó que la parranda había comenzado hacia las cinco, con una cena opípara preparada por las monjas del Carmelo. Entre él y el nuncio se habían devorado siete perdices y vaciado cuatro litros de clarete. Como el viejo ya no estaba para trotes, lo dejó en el balcón de la nunciatura y se fue de incógnito al Arrabal del Septentrión. La del aguardiente era la cuarta botella de la noche. Todo hay que decirlo, en aquella época de santones y beatos, era uno de los pocos clérigos que aún cultivaba el arte etílico.

Lo estábamos pasando bomba, pero el Clemen me guardaba una nueva sorpresita: sufría de un hígado destemplado y encima tenía una vesícula sumamente intransigente. Llegó la Pepa con la cuenta, él exclamó: Mater Amantisima, servus tuum sum y se quedó seco. Me tocó pagar, llevarlo en brazos hasta el palacio arzobispal y encima cuidarme de no tropezar con aquellos crucifijos polícromos que se habían puesto tan de moda. Lo metí en la cama y me arrellané en un sofá turco a esperar que amaneciera. El Clemente no me dejó pegar ojo. Entre gruñidos e hipo, se pasó toda la noche repitiendo: Gloria in excelsis Deo, Servis tuis testimonia dono.

La impresionante carrera del primito dejó a la familia satisfecha sin mellar el prestigio del pontífice. Además, el pariente había sido sumamente cauteloso. Sólo le pidió al papa unos dineros para modernizar la fachada del palacio arzobispal y abrirle plaza hacia poniente. Esta era su primera petición seria y no había razón para negársela. En Roma estaban tratando de promover por todos los medios el culto mariano y la propuesta de Clemente les venía de perilla. El dos de febrero como día oficial de la Virgen Flamígera caía perfecto en el nuevo calendario: precedía por pocas semanas las Carnestolendas y mantenía los fervores de la Epifanía. Ningún prelado supo percatarse del grave error teológico en que estaban incurriendo.

Tras un mes de cura hepática a base de té de limón y compresas frías, Clemente comenzó a escoger a los mancebos que integrarían la cofradía. Quería que estuvieran desprovistos de aquellos muñones que tan feo hacían en las procesiones. Últimamente, quien no había perdido un brazo con las invasiones, había quedado tuerto por las bubas. El quería cuerpos sanos pues, como buen beodo, también era un esteta empedernido.

El segundo día de febrero, después de la misa de las once, la ciudad se congregó ante la Puerta de la Gloria. Los cofrades estaban guapísimos: llevaban túnicas amarillas, calzas blancas y bonetes con el mote: Flamma ardita. Hubiera dado cualquier cosa para que ingresaran a mis filas. Sin embargo, el gustazo de observar el espectáculo no logró apaciguar mi cólera. Aquello era un problema de principios: no podía dejar que un obispucho pisara mis derechos. Debía defender mi territorio.

Mientras unos cuantos preparaban la fogata, lancé un vendaval desenfrenado. Después me di cuenta de que era una entrada de opereta, pero fue lo primero que me vino en mente. Pocos se percataron de que las nubes estaban totalmente inmóviles y la tormenta era sólo a flor de tierra. Un ciego que se estaba despiojando comenzó a escupir jaculatorias. Los perros aullaron como cuando pasan las ánimas en pena. Pero nadie les hizo caso. Desde el último concilio estaba terminantemente prohibido creer en la santa compaña.

Después del vendaval, decidí esconderme detrás de un torbellino. Los perros se callaron, porque se dieron cuenta de que se trataba de algo gordo; pero las cornejas salieron volando como locas. Ellas, siempre tan coquetas, saben que el azufre le resta brillo a su plumaje.

Entre vendaval y torbellino, me llevé los festones rojigualda del templete. Cuando iba a arremeterla contra la imagen, el obispo comenzó a dar voces. Había intuido que aquello no era del todo cristiano y decidió asegurar bien su Candelaria. Recuerdo perfectamente la orden pues me sacó de mis casillas: "Mantened la calma y sujetad a la Patrona".

Toda mi fuerza diabólica fue inútil frente a la obstinada fe de aquellos imberbes. Yo contaba con la histeria de los novatos, pero me defraudaron. No pude llevarme ni la túnica ni el manto de la Mater Amantísima. Sólo me quedó la satisfacción de que los listísimos cofrades aseguraron a su Patrona con la soga de los ahorcados por ladrones. La Candelaria quedó hecha un cisco: más que Virgen parecía mujer de pregonero. La metieron a toda prisa por la sacristía y me di por satisfecho.

Los gaudencinos se fueron a la taberna a cobrar aliento y decidí acompañarlos. Allí todos murmuraban que se trataba de una estratagema del infierno. Lucifer era el único capaz de meterse gratuitamente con la Santa Madre de las Flamas.

El Maestro Simón, que desde hacía tiempo andaba conjurándome a través de nigromantes de medio pelo para plasmarme como rey del Hades en uno de sus trípticos morales, adelantó unas palabras. El Demonio podía ser un maldito, pero no era un lunático. La ira que había demostrado se entendía fácilmente: el fuego era su atributo y quería impedir que se lo dedicaran a María. El lo sabía como nadie porque había tenido que sudar la gota gorda para poder pintar las llamas del infierno.

Simoncito estuvo magistral; explicaba los procesos infernales con tal pericia, que se hubiera dicho que estaba de mi parte. Allí comenzó a ganar puntos conmigo. Aunque sus argumentos eran poco menos que perfectos, no hubo consenso. Los ilusos gaudencinos empezaron a vociferar que era una afrenta imperdonable, con todo podía meterse el Estrujado menos con la Mater Amantísima.

Me aburrí de oír pamplinas y me fui a la playa a echar la siesta. En sueños vi que, si lo preparaba bien, lo del Cisma de Occidente podía dar tela para rato. Me desperté optimista, me di un chapuzón y, antes de enfriarme, abandoné aquellos lares. Desde que perdí mi puesto como Maestro de los Coros Celestiales, debo ser cauto. No sabes lo patético que resulta un demonio acatarrado, ni cuáles pueden ser las consecuencias.

 
El pavón
(Cuento inédito)

A Julio Manzanares
por el jardín


Hace diez meses que tenemos un pavo real en la oficina. Una mañana sonó el intercom, abrí a la puerta y el animal entró como Pancho por su casa. Nuestro jefe, Mr. Martínez, lo recibió impasible. Tras estrecharle formal la pata derecha, le ordenó en su español metralla: "Por favor, tome su puesto".

Al principio tenía que trabajar horas extra porque aparecían plumas azules en la cafetera, plumones blancos en los teclados de las computadoras y en las carpetas de los asuntos urgentes y confidenciales. Penachos en la impresora y hasta en la bomba de insulina de don Pepe. Un día presencié atónita cómo varias color cobrizo aterrizaron en la sopa de Mr. Martínez confundiéndose con los fideos. Pero éste ni se inmutó. Dijo, Nitzita -así llama a su secretaria personal, la de los dictados clandestinos. Pues le dijo: "Nitzita, consígame un paquete de galletas, que parece que el cocinero del Deli estrenó hoy una receta nueva".

Con aquella elegante frase se proclamaba la aceptación incondicional del nuevo empleado. Día y noche el pavo se pasaba acicalándose. Se alisaba las plumas cóncavas del pecho, las largas y duras de las alas y hasta las de la cola con sus ojitos dorados, azul cobalto y verde trópico. Por ese prurito de higiene del nuevo colega, el suelo, los escritorios, las sillas, las lámparas, los armarios y hasta nosotros mismos nos fuimos cubriendo de una fina capa iridiscente.

La situación se fue volviendo insostenible. La mañana en que se fundió el último vacum cleaner que quedaba en el almacén, a mis dos compañeras de trabajo les dio un nervous breakdown, y hubo que internarlas. Como no contrataron a nadie que las sustituyera y yo no podía con tanta pluma, le comenté a Nitza que me iba a poner en contacto con los abogados del sindicato. No tuve que esperar mucho. Mr. Martínez, que le teme a los escándalos laborales tanto como a los celos de su esposa, mandó instalar un poderoso sistema de purificadores de aire HEPA, con lo que se restableció rápidamente el buen orden de las cosas.

El lunes siguiente, Nitza se apareció con un vestido de flores y un gorrito color mostaza que la hacían parecer una modelo de pasarela. La recepcionista siguió su ejemplo, y se compró una correa de piel de lagarto que le sacaba un caderamen impresionante. Se la ponía con una falda roja y unas botas de charol que le llegaban hasta los muslos, y el efecto resultaba extraordinario. El jefe adquirió un nuevo bisoñé y don Pepe comenzó a usar la dentadura postiza que compró cuando se pegó en la Lotto.

Pero todo hay que decirlo: nuestros intentos de eclipsar a Carambolo, así lo llamaban con cariño las secretarias, sólo servían para realzar la figura del volátil. Todos podían vestirse de punta en blanco, y él era el único que llamaba la atención de los clientes. Además, cada vez que daban las doce, volaba hasta el alfeizar de la ventana, abría la cola y nos dejaba a los empleados mustios y a los transeúntes boquiabiertos.

Como de costumbre, Mr. Martínez comenzó a abrirnos los ojos: cuando tenía que tomar una decisión de peso, se citaba con el pavo real para pedirle consejos. No resultaba difícil predecir el día de las reuniones. Llegaba antes de las nueve y encargaba en el restaurante de la esquina un desayuno vegetariano. Tan pronto don Pepe aparecía por la puerta con la bandeja, nos informaba que no estaba para nadie y llamaba a Carambolo silbándole “Pedro Navaja”, en la versión de Rubén Blades.

El pavo se acercaba ceremonioso, lo saludaba inclinando la cabeza y cerraba la puerta con la pata izquierda. Se pasaban la mañana entera encerrados en el despacho. Cuando llegaba la hora del almuerzo, Carambolo desfilaba hacia su ventana y reanudaba su despliegue de realeza.
Siguiendo el ejemplo del jefe, las secretarias empezaron a aprovechar las destrezas del insólito colega. Antes de embrollarse para adquirir ropa nueva, se iban a Macy’s, escogían dos o tres conjuntos y después de las cinco, comenzaba el pase de modelos. Carambolo daba su veredicto en un abrir y cerrar de ojos. Y como era un charlatán empedernido, ordenábamos un take out chino y nos quedábamos hablando de lo divino y de lo humano hasta pasadas las once. Todo hay que decirlo, el pavo siempre acertaba en el color, el corte y hasta en los tejidos que mejor le sentaban a cada una de ellas. Las secretarias estaban radiantes. Como según mi contrato, debo usar el uniforme de los empleados de limpieza y la ropa que compro es blanca, porque soy santera, decidí invitarlo a que jugáramos un partido de ajedrez mientras las secretarias, auxiliares e internas se iban de shopping. La idea lo entusiasmó. Traje un tablero portátil, y establecimos los viernes como día de los torneos. Era un contrincante único; mientras yo cavilaba indecisa sobre si mover o no una ficha, él tomaba su decisión en un santiamén, y susurraba con acento de Oxford: "It’s your turn. Le toca".

De la noche a la mañana la productividad del departamento superó por varias cifras la de los años anteriores. Los dueños de la compañía mostraron su satisfacción enviándonos a casa una canasta navideña. Carambolo no recibió ni un cacahuete. Como no queríamos que se deprimiera, hicimos un serrucho y le compramos entre todos una botella de champán francés. Ese Día de los Inocentes nos dimos un baño de Moêt Chandon que aún se comenta.

Todo iba sobre ruedas hasta que llegó febrero. A Carambolo le faltaba algo, su vida estaba incompleta. Para marzo ya era evidente: el pavo necesitaba una compañera.

La crisis comenzó en una de las reuniones con el jefe que ya se habían vuelto semanales. Ese martes contestó a “Pedro Navaja” con la fanfarria del Orfeo de Monteverdi, se alzó en vuelo, y aterrizó en el bisoñé de Mr. Martínez. Aquella sorprendente reacción coincidió con la llegada de don Gregorio --el que trabaja en la oficina del Borough President--, con un auditor del Internal Revenue Service que venía a revisar los libros. Esa misma tarde se le subió en la falda a don Pepe y se metió en el baño de las damas a farfullar no sé qué impertinencia a una empleada que, como se pasaba todo el día armando y desarmando su computadora, jamás lo tomó en serio.
Eso sucedió hace más de un mes, y el problema se nos está saliendo de las manos. Carambolo sufre lo indecible: tararea boleros, gime tangos, se pasa silbando unas bachatas que no nos permiten concentrarnos. A veces se roba las pocas hojas de papel carbón que quedan en el armario de los suministros, para calcar dibujitos obscenos en los zócalos. Esperamos que pronto se le pase, pero la verdad es que estamos desesperados. Además, el auditor de Hacienda ha vuelto varias veces y aunque metemos a Carambolo en el baño, resulta imposible contener sus estornudos.

El informe que prepara estará listo en unos días. Cuando los dueños de la empresa lo lean, nos pondrán a todos de patitas en la calle. Y ¿qué será de Carambolo? Los que estábamos en la nómina podremos arreglárnoslas. Pero un pavo real en la cola del mantengo ha de ser un espectáculo bien penoso.

 
Era el fin del mundo
Fragmentos de la novela.
(Editorial Plaza Mayor, 1998)

I

Primera jornada: Día de San Juan

24 de junio,
día del glorioso San Juan Bautista,
Patrón de las islas trashumantes.


Soy el arcángel Gabriel, encargado oficial de esta crónica. Y mi colega Miguelángel anda por ahí golpeándose la cabeza contra el muro. Bueno, contra el muro es un decir, porque por aquí todo es más bien gaseoso. Hacia arriba, espacio puro; alrededor, ilimitado. Y aunque ustedes no lo crean, el pobre de Miguel está dando tumbos porque en la Isla son imposibles. Después de tocar día y noche unas fanfarrias que nos dejaron medio sordos, abandonó la trompeta y cogió un megáfono electrónico. Pero ni con ésas. Nadie le hacía caso. Yo se lo había dicho: “Miguel, no te excedas”. “Esos esfuerzos no están estipulados en el acuerdo”. “No malgastes tu energía que es como si” –con perdón–, “le lanzaras margaritas a los cerdos”. Pero seguía en sus trece.

Tras las profecías de los changos y los mensajes estereofónicos que les transmitimos durante la noche de Año Viejo, allá abajo siguen impertérritos. Tercos, testarudos, ciegos ante lo más evidente. Se les abre la tierra y ni se inmutan. Les caen encima las siete plagas bíblicas y les importa un pito. Pero Miguel no se da por vencido. Asegura que no todo está perdido; para él aún es posible frenar el Proceso de las Grietas.

Se pasa día y noche sobrevolando el territorio. Sube por los barrancos, se mete en los manglares, hasta ha recorrido solo los farallones de la gran Fosa del Norte. Aunque se supone que nadie sepa que existimos, a veces se descuida. Hace unas semanas un borracho lo sorprendió en un terreno baldío, le gritó: “Guaraguao sarnoso”; y le lanzó una plasta fresca de excremento. La cosa no fue a mayores porque logró esquivarla a tiempo. En otra ocasión trataron de capturarlo encañonándolo con una Colt 45 y pidiéndole todo lo que llevaba encima. Pero esa vez también tuvo suerte. Les dio varios golpes de karate y la pistola aterrizó en el suelo.

Sin embargo, a pesar de las constantes vejaciones, Miguel no cesa en su empeño. Asegura que aún hay esperanza, repite que nuestra misión no es imposible. A mis preguntas de cómo puede estar tan seguro, me responde con evasivas. Sé que tiene más información de la que aparenta, pero no tengo prueba alguna. El otro día me atreví a confrontarlo y le recité nuestro Código Arcangélico. Le recordé que no podemos inmiscuirnos en los asuntos terrenales. Al encomendarnos el Plan de Salvamento, el Comité Gestor dejó bien claro que el intervencionismo estaba totalmente vedado. No podemos meter la cuchara en lo que no nos corresponde. Le repetí nuestra máxima: “Compañerísimo: hay una brecha entre los dos mundos”, pero no se le movió un pelo. El Miguelito escuchó muy serio mi filípica, y cambió elegantemente de tema.

Por mi parte, estoy fascinado con el curso que han tomado los acontecimientos en el Islote. Tras el primer movimiento sísmico, agarré la tradicional trompeta y todos me ignoraron. Allá abajo andaba fray Venardo como capitán de buque en medio de tormenta. Fray Venardo, que ni siquiera necesitaba altoparlante. Musitaba órdenes, daba señales y todos obedecían. Junto a él se hallaban Tintoreto, Pedro Nueva York y doña Cruz, la de la Academia de Corte y Confección. Parecía que cada uno de ellos se había olido la catástrofe y, desde hacía meses, organizaba un escuadrón de salvamento independiente.

Cuando me percaté de la autonomía de los pobladores de mi zona, guardé la trompeta, cogí el bolígrafo y decidí escribirlo todo. Tengo que confesar que algo tenía ya apuntado en los cuadernos que Urbano me ha ido suministrando desde que comenzó nuestra misión en el Archipiélago. No puedo echármelas de que, al igual que el jefe supremo, escribo ex nihil. Además, como mi título oficial es de Cronista y Cartógrafo, tengo los planos del subsuelo, comprendidas todas las fallas geológicas. Debo confesar que esto me da tremendas ventajas para seguir el Proceso de las Grietas.

Dudo que llegue a publicar esta crónica porque al firmar las capitulaciones, juramos que nuestra colaboración sería anónima. Aunque los arcángeles gozamos de una fama secular, debemos vivir de incógnito. De todas formas, el placer del espectáculo es tal, que me arrellano, me pongo cómodo y les cuento cómo comenzó todo.

[…]


IV

Cuaderno de bitácora. Hora cero

DE CÓMO SE VEÍA LA ISLA DESDE EL CIELO A NUESTRA LLEGADA,
UN TREINTA Y UNO DE DICIEMBRE DE UN AÑO VIEJO



La isla es un grano de luz en un mar impenetrable
la isla es de un verde ciego

100 millas de largo por 35 de ancho
150 kilómetros de largo por 50 de ancho
en la isla se viven vidas dobles

y la gente, ¡ay, la gente!
cuánto amor,
¡ay, cuánto amor!, en algunas palabras
y sus ojos
¡cuánto dolor, ay, tanto dolor!
en todos ellos


[…]


VI

Hielo


Si quieren que les narre esta historia ab initio y me preguntan cuál fue nuestra reacción ante el trópico, les tengo que contestar que no tuvo nada que ver con lo que suelen prometer las agencias de turismo. Al llegar al territorio, casi nos da un soponcio. Durante el viaje habíamos comenzado a comprender los problemas sicológicos de los isleños; tras horas de estudio y práctica, podíamos recrear sus boleros y sus plenas con nuestras trompetas, sabíamos calcular la fuerza y dirección de los huracanes. Pero no estábamos preparados para los calores del Caribe. Noventa y siete grados Fahrenheit y ochenta por ciento de humedad. Cuarenta y siete Celsius y asfixiados.

Nos quedamos totalmente traspuestos. Además, como habíamos llegado hacia cabañuelas, nos cayeron encima todos los males. A Miguel se le extendió un sarpullido por todo el cuerpo, a mí me dio un asma espantosa y a Urbano se le rizaron el pelo y las plumas.

Yo me pasaba las horas muertas mirando las nubes, pues el más leve movimiento me fatigaba. Miguel, con la piquita, no se estaba quieto; y Urbano tenía un humor de mil demonios. Hacía tiempo que los afros no se llevaban y sabía que no podía presentarse lleno de bucles en la Urbe. Por ello se inventó una especie de plancha portátil con la que se estiraba las plumas de las alas y se alisaba el pelo. El proceso era doloroso, el efecto transitorio; pero para Urbano era la única manera de evitar el desprestigio.

Los lectores de esta crónica dirán que exagero, que en las nubes se vive en una eterna primavera. Pero les juro que no miento. En los cúmulos el calor de la tierra se triplica: son tan mullidas como calientes.

Así que el primer período lo pasamos tumbado yo, pasándose ungüentos Miguelito y Urbano, mezcla que mezcla potingues para tratar que durara el papaso de sus plumas. En los días en que no corrían los vientos, ni eso. Agarrábamos un cúmulo, nos arrellanábamos y caíamos en letargo.

Hasta meternos en la playa, supremo alivio de los isleños, nos estaba absolutamente vedado. No nos podíamos arriesgar a que alguien nos pescara en la tierra y se echara a perder el Plan de Salvamento. Y como se podrán imaginar, las horas, cuya medida nos había dado tanto trabajo aprender, parecían de chicle. Bajo el sol del Caribe, cada segundo se hacía eterno. Algunas noches Miguel se escapaba a darse un chapuzón en la playa. Como posee una velocidad de vuelo superior a la nuestra y había desarrollado un gusto especial por las frutas tropicales, después de nadar un rato se dedicaba a subirse a las palmas y recoger los cocos que el sol había dorado durante el día. Pero aparte de esos viajes ilícitos de Miguelángel –quien de vez en cuando nos subía un par de frutos maduritos–, ni Urbano ni yo nos atrevíamos a bajar a la Isla a darnos un bañito.

Después de conseguir una loción capilar que, aunque despedía un olor espantoso, tenía un efecto relativamente duradero, Urbano se dio cuenta de que no podíamos continuar en el aquel estado. Había que hacer algo drástico: conseguiría una máquina de hacer hielo. La idea le vino mientras observaba que la actividad de los isleños estaba directamente relacionada con el consumo de cerveza fría, agua de coco congelada, limonadas y refrescos de botella. Se puso de pie y nos aseguró que aquélla era la única manera de salir del impasse en que nos hallábamos. Según él, un vaso de agua helada nos devolvería al mundo de los vivos. Miguel y yo estábamos tan amodorrados que ni siquiera le preguntamos lo más evidente: ¿dónde se pondría? El colega desapareció rumbo a la Metrópolis, y Miguel y yo nos dedicamos a observar a los isleños.

―Fíjate en los de catorce y quince años –comenzó Miguel–. Todos tienen cuerpos de gacela. Yo diría que pertenecen a una de las razas más bellas de la Tierra.

―Tienes razón –le contesté–¸ pero es triste lo que sucede cuando la edad se duplica. La recta se hace curva, les crecen las barrigas, las papadas…

―Y les nacen los bigotes.

Comenzamos a anotar cómo se sentaban ritualmente en la mesa y devoraban montañas de arroz con habichuelas, precipicios de tostones, mares de carne frita.

Empezábamos a adormecernos con la sauna y el espectáculo, cuando llegó Urbano y nos ofreció orgulloso dos limonadas. Era una experiencia divina: vasos fríos, hielo picadito. El efecto no se dejó esperar. Desaparecieron todos los males y empezamos a hacer planes.

¿Dónde pusimos la máquina de hacer hielo? Ni me pregunten. Urbano me explicó algo de cátodos, energía solar y corriente alterna, y lo dejamos todo en sus manos.

A partir de entonces Miguel se dedicó a trazar los perfiles sicológicos de los isleños y yo eché mano de los catalejos para perfeccionar mis mapas. Por las noches, mientras Miguel y Urbano soñaban con otros mundos, yo cogí la costumbre de estudiar el Proceso de las Grietas. Cada libro daba una versión diferente de los hechos y resultaba imposible conciliarlas en una explicación coherente. Cuando al amanecer, Urbano me veía desesperado y ojeroso, me traía un vaso de agua con hielo y me susurraba sonriente:

―Gabriel, da lo mismo el porqué. Lo que debes hallar es el hacia dónde.


[…]


De viva voz

Sus conversaciones y entrevistas con escritores
Las dos caras de la escritura surge con la idea de compaginar escritura creativa y escritura teórica-filosófica. La experiencia con los escritores fue agradable; mientras más famosos más generosos, Algunos de los escritores que incluimos fueron Umberto Eco y Nilita Vientós. En el caso de Ernesto Sábato y Mario Benedetti las entrevistas fueron cursadas por correo.
Kaligrafiando arranca con el encuentro que tuve con Clemente Soto Vélez en el Festival de Teatro Latino en Nueva York. Allí Clemente era un personaje impactante: con su melena blanca, pequeñito y sus bigotes. Empezamos a hablar y nos llevamos bien. Luego le pregunté si podía entrevistarlo. Dijo que sí. Las primeras quedaron muy bien y las publiqué. Hubo muchas visitas a la casa de Clemente para juntar su testimonio. Aprendí cosas que no conocía como El Atalayismo, y la experiencia resultó inolvidable por su locura de vanguardista (Clemente era muy enloquecido en sus conversaciones, él se iba a otros planos), también el hecho de que estábamos en Nueva York, que es tierra sin nombre. Su testimonio era valioso para mí porque en Puerto Rico no se le tomaba en cuenta, salvo las ediciones del ICP, y esto por vivir en la diáspora.

Sus últimos años los pasó aquí, en Puerto Rico. Fue Artista Residente en la Casa Aboy y terminó mudándose al país con su esposa Amanda.

Enrique Laguerre: una conversación. La idea de ese libro surgió en el año 96. Yo estaba de sabática y al final unos amigos me comentan que hay una profesora de París que quiere participar del programa de intercambio CUNY con la Universidad de París. En el 97, ella tomó mi puesto en la Universidad en Hunter College y yo tomé su puesto en la Universidad de París. Y entre los libros que me llevé se encontraba Proa libre sobre mar gruesa de Enrique Laguerre, que acababa de salir y me encantó. Me apasionó.
Así que decidí entrevistarlo porque cuando había conversado con él en una primera ocasión nos caímos bien y, número dos, por vergüenza ajena. Era un autor muy importante que se desconocía. Con Enrique sucede que aunque pueda parecerle al lector una prosa pesada hay que leerlo. Laguerre fue el escritor que novelizó la historia del país. La experiencia de entrevistar a Laguerre fue diferente a la que tuve con Soto Vélez porque eran diferentes, Clemente era la vanguardia, Enrique era la institución. Laguerre era muy lúcido. Clemente era muy enloquecido. Pero mi relación con los dos se desarrolló de la misma forma: terminamos siendo amigos.

Su poesía

A mí me gusta la poesía sencilla. Podría decir que estoy más cerca de Benedetti. Mi poética es la del viaje. Actualmente me encuentro terminando dos colecciones que siguen desarrollando esa poética. El primero (De imago mundi) se ocupa de viajes en el tiempo, el segundo (Viajes organizados) se ocupa de viajes en el espacio. Los viajes a veces son imaginarios, a veces reales. En cierta medida esa poética me quita de la rutina, me quita todo lo preconcebido, y me lanza a nuevas emociones, me mueve hacia una realidad diferente que hay que transcribir.

Su narrativa

Para mí la novela es casi como un matrimonio de larga relación. Un mundo que uno mismo va creando. Es una unidad y ahí entra todo, desde las experiencias que iba teniendo hasta lo que me obsesionaba. En la novela no puedo proceder de otra manera, incorporo lo que vivo porque es la forma que tengo para comprender el mundo. Y el proceso puede ser, como dije antes, muy largo. La creación de Era el fin del mundo ocurrió en años de alegrías muy grandes y también en periodos de tristezas, pero en esas épocas era la misma novela lo que me impulsaba a seguir.

Me encuentro trabajando en una colección de cuentos titulada Entre azul y buenas noches. Cuando se trata de novela pienso en unidad, pero cuando lo que me ocupa es el cuento pienso en micromundos. Armar un libro de cuentos es armar un todo homogéneo de microtodos. Para mí es un reto personal encontrar la estructura idónea que le dé cohesión, como libro, a mis cuentos, porque los mismos han sido escritos en un arco de tiempo bastante amplio. En Entre azul y buenas noches hay cuentos ambientados en el Medioevo, algunos son irónicos y otros se ocupan de temas simbólicos. Y recuerda que mi relación con la narrativa es una en la que re-escribo constantemente y tacho. Como ejemplo de lo anterior recuerdo un cuento que era una especie de homenaje y trataba sobre la visita de la muerte; sucedió que en el proceso me di cuenta lo difícil que era que funcionara como cuento y lo saqué de la colección; pero todo es aprovechable y ahora está en poesía.

El camino

He caminado al borde del abismo que es lo mismo que decir que he tenido que enfrentar crisis personales. Por ejemplo, cuando aconteció lo del 11 de septiembre, yo vivía al lado de las torres y enfermé; me tomó años recuperarme. Fueron años de silencio, de hacer otras cosas, de curarme, de recuperar las energías. Ahora que estoy fuerte, que está lejana la crisis, es más fácil reflexionar sobre lo sucedido.

Y como decía Bolaño, para crear tienes que caer en el pozo, porque de no ser así lo que escribes es innecesario. Da igual que lo escribas o no porque no aporta nada. Caminar en el borde del abismo es revelar, profundizar en el ser humano y en su mundo.

(Entrevista a Marithelma Costa realizada por Carlos Esteban Cana en Tendido Negro y Confesiones).

Mayo de 2009.

 

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