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Virar los clásicos al revés y con gusto*
Elsa R. Arroyo Vázquez y María Solá

Este libro es el producto de un diálogo y reflexión conjunta que lleva ya más de cinco años. Somos amigas y colegas que compartimos deseos de renovación de la enseñanza de la literatura y, más aún, de que se transfor­me la sociedad que oprime y margina a muchos seres, en particular y para empezar, a la mayoría de la humanidad que constituimos las mujeres. A partir de estas preocupaciones, se nos hizo cada vez más insatisfactorio comprobar a través de nuestro estudiantado que la manera de ver y ense­ñar la literatura demasiado a menudo se perpetuaba con las mismas ce­gueras y enfoques elitistas y mecánicos que nos habían impuesto a noso­tras desde que éramos niñas. Quizás esta sea una razón para que muchos sectores de la sociedad puertorriqueña no disfruten la lectura “literaria” como la intensa experiencia vital e intelectual que a nosotras nos provoca. Si La cuarterona puede ser más emocionante que una novela de televisión, si Doña Bárbara puede llevarnos a entender las raíces de la destrucción del balance ecológico y El túnel ser más profundo que el espectáculo publicita­rio que se formó en torno al juicio de O. J. Simpson, ¿por qué estos clásicos hispanoamericanos no han logrado atraer a tantos miles de estudiantes que siguen leyéndolos como obligación aburrida?

Experimentar el texto literario como incitación al placer y al pensa­miento está al alcance de casi todos y todas; esto lo hemos corroborado al explorar con la debida irreverencia la interacción con textos y estudiantes. Uno de los secretos de leer con gusto y provecho es acercarse al texto sin autoritarismo, confiando en la sensibilidad de cada cual para encontrar allí experiencias e ideas íntimamente relacionadas con su propia realidad. Por eso, en este libro ofrecemos nuestras percepciones como proceso de “lec­tura”, específico, personal, cuidadoso. De ahí el título, que evita anunciar “interpretación” o “crítica”, palabras que sugieren un significado único, universal, imponente, que sólo pueden descubrir las personas expertas. Quien lea este libro, si se logra su propósito, sentirá nuevamente el poder de convocatoria de literatura aparentemente conocida, calificada como clá­sica por los sistemas escolares y el canon historiográfico de los estudios literarios.

¿Y quiénes en realidad escogen esa lista de títulos que se prescriben como obras que todo ser culto debe leer? “Clásico” supone una obra de arte excelsa, que constituye clase aparte o por encima de todas las demás. Por eso se colocan como ejemplos dignos de conocer e imitar. Desde la Ilíada en adelante, sin embargo, la crítica cultural occidental ha demostra­do que lo clásico siempre se determina utilizando principalmente criterios políticos o de poder, aunque éstos se disfrazan de valores “artísticos” o universales”. Así, por ejemplo, son pocos los textos puertorriqueños que llegan siquiera a mencionarse en las historias literarias tradicionales. ¿Será que carecen de valor o será que la situación colonial de Puerto Rico ha impedido que sean reconocidos o siquiera difundidos? Igualmente cabe preguntar, la poca cantidad de escritos de mujeres que figuran en las listas consagradas, ¿a qué obedece? ¿Será que las mujeres no escriben tan bien como los hombres o quedarán mayormente fuera las escritoras por moti­vos de dominio y subordinación?

En Puerto Rico existe todo un cuerpo de escritos literarios de artesa­nos y obreras en el siglo XIX y XX, como el teatro antiesclavista en Guayama y la literatura obrera de Luisa Capetillo y Ramón Romero Rosa, que apenas ha logrado difusión y reconocimiento. Hasta hace poco, dichos escritos ni siquiera eran mencionados en los estudios más especializados. Y, sin em­bargo, ¿no son representativos de la realidad y las aspiraciones de grandes sectores de la sociedad puertorriqueña, quizá en mayor grado que las obras consagradas por la historia literaria tradicional? Si quedaron fuera de lo que se entiende y publica como cultura puertorriqueña fue porque no res­pondían al gusto y la ideología de los sectores dominantes, con los cuales se identificaban las personas profesionales de la crítica y de la enseñanza que escogieron lo que es y lo que no es digno de memoria. En fin, cuando revisamos las listas de clásicos o el canon, ya sea internacional o universal, español o hispanoamericano, o de una nación como Puerto Rico, llevan la peor parte los sectores obreros, las mujeres, los países pequeños o coloni­zados y los grupos étnicos minoritarios dentro de naciones heterogéneas. En todos estos casos, lo que explica su exclusión es que hay otros grupos más poderosos que lograron incluir preferentemente los textos que repre­sentan sus caracteres y valores.

Las sociedades construyen cánones, enaltecen determinadas obras como destacadamente representativas de su perfil o identidad. Eso no quiere decir que la mayoría de las lectoras y lectores acepten esa selección prefa­bricada: escondidas, inéditas o marcadas como inferiores, habrá obras disfrutables que lectores y lectoras escogen porque muestran otras fases o caras de esa misma sociedad. En la medida en que el canon siempre opri­me y silencia otras voces, maestros y maestras y profesionales de la crítica podrían aspirar a guiar a lectores y lectoras a lo largo de los clásicos para ver sus límites e ir más allá de ellos. Así entendida, su labor sería más liberadora y más propicia al gusto por la literatura.

La lista de clásicos que presenta la escuela puertorriqueña suele in­cluir una muestra de lo nacional. Sin embargo, hace falta desarrollar más análisis histórico-culturales que observen cómo se integran los diversos textos puertorriqueños dentro de la heterogeneidad del mundo hispano­americano. Por ejemplo, no faltará quien se cuestione si La cuarterona es un clásico hispanoamericano, dada su escasa difusión. Para nosotras, La cuarterona, La carreta, Encancaranublado, articulan realidades y conflictos reconocibles, no sólo en Puerto Rico, sino en otras culturas, especialmente las hispanoamericanas y antillanas. Igualmente podríamos decirlo de mu­chas otras obras que los límites de este libro nos obligan a excluir. Habrá, por otro lado, quienes señalen que nada se dice aquí acerca de la abundan­te literatura oral, indígena y de raíces africanas que tan fundamental resul­ta para la comprensión del complejo espacio hispanoamericano. Admiti­mos esos límites y carencias de la misma manera en que consciente y con­fiadamente asumimos los límites y ventajas de nuestra perspectiva femi­nista. Ya que en estos tiempos la crítica de la modernidad eurocéntrjca e imperialista pone en cuestionamiento y propone abrir el canon, otros y otras vendrán que puedan desde su especificidad étnica, lingüística y per­sonal, hablar de esos clásicos que ahora faltan.

 Feminismo no es una mala palabra, sino muchas...

Y a propósito de feminismos, bien nos conviene especificar cómo entendemos un término traído y llevado con tan diversos significados. Como indica el plural que utilizamos, hace tiempo que la validación, autoafirmación y defensa de las mujeres se ha lanzado a explorar tantas dispersas rutas, que ya no cabe dentro de una sola tendencia. Con las ideas sucede que no suelen presentar una forma exclusiva, sino que emergen a partir de la interacción entre condicionantes histórico-sociales y van cambiando a tra­vés del tiempo en virtud de otros condicionantes. Todavía más importante, las ideas y los movimientos se manifiestan en forma distinta de acuerdo con las concepciones de los diferentes grupos y personas. Además, no es lo mismo la elaboración de teoría en torno a la condición de las mujeres que los movimientos encaminados al cambio político en favor de su reivin­dicación. Por esas razones, entre otras, no existe una definición absoluta de feminismo, ni sería posible ni conveniente intentar formularla.

Históricamente, la defensa de los derechos de las mujeres, o sea, el primer feminismo o el feminismo originario, concentró sus esfuerzos, tan­to ideológicos como en la acción, en conseguir igualdad política y jurídica. Desde mediados del siglo XIX y hasta las primeras décadas del XX, en distintos lugares de Europa y América, las personas feministas lucharon prin­cipalmente para que se reconociera el derecho al voto de las mujeres, mo­vimiento denominado sufragismo. En otras palabras, la meta consistía en que las leyes confirieran a las mujeres algunos de los derechos y privilegios que aquéllas les garantizaban a los hombres. Sin embargo, muchos y mu­chas desde el principio reconocieron que, aunque la ley sí es importante, no es suficiente que se legisle la dignidad o la igualdad, porque los estatu­tos, por sí solos, no cambian la convivencia. Así, por ejemplo, se sabe que las personas reducidas a la esclavitud no alcanzaron oportunidades reales de desarrollarse a pesar de haberse decretado la abolición. Paralelamente, tampoco las mujeres se libran de la subordinación con el hecho jurídico de poder votar. Con el tiempo se hicieron más obvias diversas limitaciones, como las leyes del matrimonio y las leyes laborales, entre muchas otras. De esta manera se fue configurando el llamado feminismo de la igualdad.

Fue surgiendo, por otro lado, la conciencia de que en las vidas de las mujeres hay una pluralidad de costumbres y actitudes que las hacen muy diferentes a los procesos vitales de los hombres. Incluso, se llegó a hablar de una cultura específica de las mujeres, determinada por la división de tareas que les asigna todo lo relacionado con la familia, el hogar, en sínte­sis, el ámbito privado. Mientras que algunos y algunas se fijaron en los aspectos negativos de esa especialización dentro de la sociedad, otros y otras destacaron las significativas aportaciones a la calidad de vida de esos aspectos domésticos o privados, tan menospreciados por la historia oficial. El objetivo de lograr la igualdad con los hombres podía interpretarse como un rebajamiento o degradación de la vida de las mujeres dentro de la cultu­ra tradicional; parecía como si ser rico y poderoso, ser dirigente, ser mili­tar, fueran las únicas metas dignas de la vida humana.

¿Eran entonces desechables o irrelevantes las aportaciones que por milenios habían hecho las mujeres? Más bien por el contrario, las tareas tradicionales de las mujeres resultaban insustituibles. En efecto, los análi­sis económicos más actuales, al cuantificar el valor monetario del trabajo dentro de una sociedad, han encontrado que las tareas domésticas consti­tuyen un sostén material indispensable dentro de cualquier economía. Las tareas más directamente relacionadas con la convivencia cercana son tam­bién asignadas a las mujeres por el patriarcalismo. Las culturas especiali­zan a las mujeres en elaborar y transmitir el fundamento de la vida interior y en generar solidaridad mediante el cuidado de personas niñas, ancianas, enfermas y hasta consentidas y privilegiadas. Debido a esto parece tan “na­tural” que las mujeres tengan la primacía en cuanto a relaciones humanas.

Ahora bien, cierta tendencia del feminismo de la diferencia ha sido criticada por haber convertido la diferencia o “la cultura de las mujeres” en un conjunto de actitudes y costumbres que se perciben como uniformes para las mujeres de cualquier cultura patriarcal. Ese planteo no toma en cuenta la múltiple diversidad que se da entre los seres humanos, aparte de las que se refieren a sexo y género. Debido a que las mujeres también per­tenecen a distintas clases sociales, etnias, nacionalidades, etc., no se puede hablar de una sola manera de vivir en el mundo como mujer. Este fue un punto ciego dentro de gran parte de la teoría feminista. En efecto, las teo­rías feministas han criticado las pretensiones de objetividad de las ciencias y las epistemologías debido a que encubren una visión de mundo masculina. Sin embargo, en su trabajo teórico, algunos feminismos no percibían que estaban incurriendo en una falla reductiva semejante cuando generali­zaban sin tomar en cuenta las experiencias de significativos sectores de mujeres, por ejemplo, obreras, lesbianas, etc.

Aunque en Puerto Rico y en otros lugares ha existido un feminismo obrero combativo y destacado, buena parte de la teoría feminista más di­fundida en Occidente proviene de intelectuales que parten de las experien­cias de mujeres de sectores privilegiados y han elaborado con ellas categorías esencialistas y constructos narrativos. Algunos feminismos marxistas y del tercer mundo llevan largo tiempo criticando esas teorías excluyentes. En realidad, los sectores coloniales y oprimidos suelen mostrar escepticis­mo ante las estructuras ideológicas propias de la modernidad capitalista, imperialista y colonialista. Más recientemente, la posmodernidad occiden­tal, que ha sido también muy criticada por algunos feminismos, ha subra­yado la importancia de destacar las características específicas de los fenó­menos humanos y advierte en contra del esencialismo que reduce la enor­me multiplicidad de las experiencias de las mujeres a etiquetas tales como la mujer, la familia, el hombre, etc. La realidad de ser mujer que viven las campesinas, las indígenas, así como las mujeres negras o las lesbianas, para dar sólo algunos ejemplos, dramatiza el hecho de que sería falsa cualquier categoría única que pretendiera abarcar toda esta diversidad de experiencias. Puede verse entonces por qué consideramos preferible no hablar en singular. Como los feminismos suelen ser formas de crítica social y políti­ca, planteamos hacer crítica feminista, hacer política y, ¿por qué no?, teoría, a partir de la diversidad y del contexto.

Sin pretender definir ni agotar las posibilidades significantes de esas actitudes y de esos estilos de vida que llamamos feminismos, concentra­mos en el reconocimiento y el respeto a la otredad o la diferencia. Entende­mos que vivir como mujeres ha implicado por muchos milenios estar en la subordinación, ser habladas en cambio de hablar. Simultánea y contradic­toriamente, esa misma opresión ha determinado que muchas mujeres ha­yan sido capaces de buscar de cualquier manera múltiples formas de in­fluir y transformar esa realidad opresiva. Desarrollar estrategias de resis­tencia ha sido el reto y logro máximo para muchas mujeres. Por cierto que gran cantidad de hombres también han subsistido, a través de los siglos, en condiciones de marginación y explotación que han luchado continua­mente por superar. Nuestro feminismo requiere, pues, actuar en contra de la discriminación y en favor de las diferencias. Nuestra particular condi­ción de mujeres puertorriqueñas nos provee experiencias y saberes que nos llevan a afirmar la libertad y oponernos a las trabas que obstruyen la realización plena de los seres, categoría que para nosotras abarca mujeres, hombres, etnias y ecosistemas. Más aún, si llegara el caso, propondríamos el libre desarrollo de entes virtuales, organismos cibernéticos y toda la di­versidad que el futuro pudiera generar, siempre y cuando prevaleciera la solidaridad.

¿Cómo pues se lee un texto literario con perspectivas feministas? Buscando, en primer término, qué dice y qué silencia acerca de las mujeres o de las experiencias femeninas. ¿Y qué pasaría, podrían preguntarnos, con los textos que nada tienen que ver con las mujeres? Afirmaríamos que no existen tales, que todo texto cultural inscribe o contiene significados referentes a las funciones que la sociedad asigna o asocia a lo femenino y, por extensión implícita, a lo masculino. Es decir, que las categorías de los géneros, o sea, de los roles culturales asignados a ciertos grupos, son inseparables de la vida tal como la han configurado las culturas que hasta ahora se han organizado sobre la tierra. Cualquier escrito toca de alguna manera las relaciones de poder y subordinación entre hombres y mujeres que la sociedad donde surgen ha estructurado; y es de eso que hablamos cuando nos referimos a los géneros. Sucede, sin embargo, que muchas personas no tienen en mente los conflictos de lo femenino y lo masculino al leer.

Las lecturas críticas más usuales prestan atención a diversos asuntos, por ejemplo, a los mensajes éticos o morales, a la forma en que la lite­ratura recoge la historia o a la belleza que la obra presenta. En la misma forma en que dichas lecturas dan preferencia a unos temas determinados, dejando de lado todo lo demás, la lectura feminista se fija específica y cons­cientemente en lo que el texto revela sobre el lugar de las mujeres en el contexto social que se reproduce en la literatura. Así mirado, lo que el texto omite o deja de decir en torno a las mujeres es igualmente significativo que aquello que el texto explícitamente dice. Pueden encontrarse obras en que no haya personajes femeninos ni se entre en conflictos hombre-mujer, pero aún en esos casos, estará inscrita la división, las diferencias y las discrimi­naciones que los géneros implican. Todavía más, los géneros están presen­tes en lo que se designa como discursos sociales, configurados por las metáforas, los usos lingüísticos, los temas y actitudes reflejados, las expectativas que los textos evocan en el público lector y otras peculiaridades semejantes. En todo esto, pues, se basa la afirmación de que se pueden hacer lecturas feministas de cualquier texto.

En un sentido abarcador, las lecturas feministas se sitúan frente al texto como frente a un ser múltiple, complejo, misterioso. Miran con escepticismo e irreverencia lo que el texto da, se abren con intuición ante lo que el texto oculta, inventan preguntas para dirigir al texto hacia significados relacionados con las mujeres y con todos los seres que compartan estas situaciones de opresión. Sobre todo, son lecturas en alerta contra los prejuicios y distorsiones en cuanto a las mujeres que se exhiben o que se esconden en el texto, lecturas distanciadas aunque a la vez apasionadas en su afán por descubrir las percepciones que profundizan la comunicación. Tanto es así, que la teoría literaria y los estudios culturales actuales les reconocen a los feminismos aportaciones cruciales al pen­samiento posmoderno.

En efecto, el feminismo desnudó a las ciencias y la sabiduría domi­nante, demostrando que su pretensión de objetividad y neutralidad no era sino una máscara del autoritarismo y machismo que intentaba suprimir saberes alternos. Igualmente, los feminismos validaron la parcialidad y la vivencia personal como fuente de conocimiento; en fin, que el impulso de las corrientes feministas abrió camino hacia diversas nuevas maneras de estudiar y captar la realidad, y, en particular, la forma de comunicación que llamamos literatura.

 Parejas opuestas, contrariedades traen

Examinaremos los textos literarios seleccionados para este libro a partir de ciertos conflictos y tensiones que nos parecen muy reveladores en cuanto a las relaciones entre hombres, mujeres y culturas. Nos referi­mos a conflictos que han servido como punto de partida para la elabora­ción de distintas teorías muy difundidas, orientadas por la ideología del género, o sea, por la diferenciación basada en el sexo biológico. Son tajantes diferenciaciones que están vigentes en la construcción cultural de todo lo conocido. Se trata de distinciones como los límites entre la naturaleza y la cultura, entre la persona de cada cual y los demás seres, entre la opre­sión y la resistencia. ¿Cuántas veces se repite: “El hombre tiene el lobo por dentro, si una mujer lo tienta no puede resistir sus impulsos”; “Esa mujer es peor que las fieras, porque hasta los animales protegen a sus crías y ella deja solos a sus hijos”; “Pongan los seguros que ésos parecen mayangos de caserío”; “Aunque él la estuviera insultando ella no debió contestarle por­que conoce el genio de él”? Todos estos dichos ponen en evidencia los pre­juicios del machismo, el racismo y el determinismo biológico.

Las obras literarias también repiten y construyen formas de pensar, sentir y reaccionar que perpetúan las divisiones y los odios contra quienes son diferentes y contra quienes rehúsan someterse como inferiores o como víctimas, insistiendo en hacer valer su derecho humano a no ser menos que otros y otras. En ese sentido, las lecturas feministas de obras literarias ya conocidas permitirán mirar desde otro ángulo esos personajes y escenas que tanto pueden parecerse a nuestras vidas y que pueden profundizar la comprensión de nuestra manera de ser.

La tendencia a estructurar la realidad en términos de parejas de con­ceptos ubicados en polos opuestos se designa como binarismo y es una de las prácticas intelectuales más difundidas y también frecuentemente cues­tionadas. Lo primero que hay que tener en cuenta al manejar los binomios es que son construcciones, son formas en que algunas mentes humanas han organizado sus captaciones o percepciones para mejor entenderlas. En otras palabras, no son categorías superiores y universales, como muchos aún pretenden hacerlas aparecer, sino que se desarrollan y son adop­tadas dentro de una determinada cultura o un determinado sistema de
pensamiento.

Por ejemplo, es parte de nuestra costumbre y forma de hablar distin­guir entre naturaleza y cultura como dos realidades claramente delimita­das. Suele entenderse como naturaleza todo lo que existe sin intervención de la mano humana, mientras que se coloca dentro del concepto cultura todo lo que han elaborado los seres humanos. Ahora bien, muchas expe­riencias pueden indicarnos que el mundo no está dividido tan nítidamente. Más aún, establecer esa oposición tajante entre naturaleza/cultura ha servido para oprimirnos por siglos, de una manera o de otra, a todos y a todas. En esto se fundamentan ciertos prejuicios muy comunes, prejuicios que llevan a muchas personas a creer que las diferencias entre hombres y mujeres vienen dadas por la naturaleza o que las razas indican
superioridad o inferioridad también “natural”. Nos proponemos explorar y de-construir, si posible, en los textos, algunas de estas construcciones intelec­tuales que tanto influyen en la convivencia.

Es una costumbre muy arraigada y casi inconsciente al hablar el con­siderar que las personas son como son por naturaleza, porque nacieron así; lo que lógicamente se deduce de esto es que no se puede cambiar esa manera de ser, por ejemplo, violenta o pacífica, inteligente o torpe. Por supuesto, si nos detenemos a analizarlo, vemos que este es un gran debate de la ciencia, quizá el mayor de todos. El dirigente, la artista, el criminal, el ser humano individual, en fin, ¿nace o “se hace”? Es un asunto tan impor­tante que determina, por ejemplo, las leyes penales; si se piensa que un ser humano nació criminal, sólo se puede encerrar o matarlo, porque no se han elaborado hasta ahora medios eficaces de cambiar las cualidades genéticas de las personas. Pero si se entiende que las fuerzas sociales, las desventajas, los malos ejemplos son la causa principal del comportamiento criminal, entonces se implantará un sistema penal que trabaje para rehabi­litar, para cambiar esa conducta criminal en cada persona convicta.

Sin embargo, cada día los y las especialistas en comportamiento y en fisiología humana observan mayores indicios de que hay una pluralidad de situaciones sociales y biológicas que operan en las decisiones de cada per­sona. Por ejemplo, aunque los genes influyan en parte en el desarrollo de una mente, también son factores cruciales para su desenvolvimiento exitoso la alimentación, el estímulo y el trato que recibe la persona. Algo pareci­do puede decirse del factor biológico en cuanto al sexo: aunque la estadís­tica promedio diga que los hombres tienden a ser más altos que las muje­res, hay hombres bajos y mujeres altas. Por otro lado, además de ser en gran parte determinada por la biología, la estatura de hombres y mujeres también puede variar de acuerdo con la nutrición y con el tipo de actividad a que se someta al cuerpo.

Como se nota en los ejemplos anteriores, la dualidad o binomio natu­raleza-cultura o civilización domina nuestro pensamiento y afecta muchísi­mo la forma en que entendemos lo que es ser mujer o ser hombre. Opera, pues, como un juicio, o más bien un prejuicio en todo texto literario, y configura sus ideas acerca de las relaciones entre hombres y mujeres. Igual­mente influye en la forma de juzgar a grupos e individuos de distintas etnias o razas y aun en las ideas acerca de los demás seres vivientes, fauna y flora. Cada persona percibe o interactúa con la tierra, con los astros y con las plantas y los demás animales. Sin embargo, la forma de entender esas realidades, por ejemplo, las relaciones entre las especies y los atributos de animales y plantas, no nos viene de la experiencia, sino de la cultura.

La superioridad y dominio destructivo que las sociedades patriarcales muestran en su trato hacia los demás animales y ante el planeta Tierra, hábitat que se utiliza sin cuidado ni respeto, es causado por la división ta­jante entre lo natural y lo “civilizado” Una vez se acepta dicha división, se llega a la falsa conclusión de que la especie humana, o más bien “el hom­bre”, es propietario del planeta y del universo y no una parte integrante de éstos. De hecho, a menudo se establecen comparaciones, explícitas e implí­citas, en la vida diaria y en los textos artísticos, entre, por un lado, “la mujer”, ese ente incambiable que nace para subordinarse a “el hombre” y, por otro, “la naturaleza”, que también debe pertenecer a “el hombre”, aunque se muestre “salvaje” o “indomable”.

El conflicto entre “civilización” y “barbarie”, según lo entendían ciertos sectores sociales latinoamericanos y europeos desde el siglo XIX, es central en Doña Bárbara, por ejemplo. No por casualidad es mujer el perso­naje que la novela elabora como símbolo de la naturaleza: el personaje Doña Bárbara deja ver en forma muy transparente que “la mujer” se percibe como un ser más cercano que “el hombre” a las fuerzas de la naturaleza, siendo por eso, paradójicamente, considerada menos humana que “el hombre”. Otra actitud que comunica muy claramente la novela es que la libertad y el poder de “la mujer” tanto como el de “la naturaleza” son amenazantes para “la civilización y el progreso”, es decir, para el orden patriarcal y machista de la época. Según el texto de Gallegos, el protagonista Santos Luzardo es heroico porque se propone dominar o mantener lejos y a raya a la natura­leza libre, autónoma, poderosa. También vence o pone en retirada a “la villana”, al personaje Doña Bárbara, que representa a las mujeres que pre­tenden adquirir poder y tomar decisiones libremente. Sin embargo, este texto, lectura obligatoria en muchas escuelas hace medio siglo, rara vez se interpreta o se relaciona siquiera con los graves problemas de la des­trucción de la naturaleza o con la opresión de las mujeres. Doña Bárbara dramatiza la actualidad que pueden adquirir textos literarios muy conocidos si los leemos a partir de los conflictos causados por la visión binaria de la realidad.

Muy ligadas a la dualidad o polaridad naturaleza/cultura están las ideas acerca de lo que “es”, o sea lo que está terminado, cerrado e inmuta­ble y lo que deviene, ocurre o acontece, lo que cambia o se mueve. Los continuos cambios que se observan en el mundo son de alguna manera negados o anulados por las formas de pensar que transmite la cultura, so­bre todo en lo que se refiere a los seres humanos. Decimos que tal o cual persona es cobarde, sabiendo que, aunque se haya portado cobardemente muchas veces, un día cualquiera podría actuar con valentía. Igualmente se atribuyen a las personas muchas cualidades que pueden ser variables; se dice que una persona “es” impedida, pero en realidad sabemos que un accidente, una enfermedad o el mero paso del tiempo y la edad pueden convertir a un ser que nunca se ha visto afectado en su integridad física, en un “impedido”. Quien está “bien” hoy puede estar impedido o impedida dentro de poco. En resumen que ser y estar, esencia y existencia, son catego­rías del pensamiento que se construyen erróneamente como absolutas, bo­rrando los cambios que sin duda se están dando continuamente.

La conciencia de que vivimos en una realidad tan variada y variable no impide que muchas veces se pretenda encerrar a los seres humanos en esquemas de hierro como “las mujeres son sentimentales”, o “como mujer al fin, está siempre pendiente de verse bonita”. La categoría del género es una de las que se aplica más rígidamente y todos/as nos hemos criado oyen­do lo que “los niños no hacen  o lo que “las niñas buenas hacen...”. De manera que en materia de género se olvida o se elimina el hecho de que no hay dos seres iguales en todo y, más aún, que una misma persona no perma­nece igual a través del tiempo. Si a veces en el transcurso de unos meses una persona cambia tanto que se asombra a sí misma, ¡qué no será en cinco, diez o más años...! La esencia pues, no es algo dado, no somos, sino que estamos siempre en el proceso de llegar a ser, o, como se dice en la célebre frase de la filosofía existencialista: “La existencia precede a la esencia...”

Los textos literarios, por supuesto, construyen significados muy re­lacionados con estas realidades, dejan ver el proceso de cambio en un personaje o en una situación o muestran nuevas posibilidades de lectura. Por eso decimos que las lecturas feministas se proponen construir significados con el texto, reconociendo esa variabilidad. En los ensayos de este libro, por ejemplo, leemos conflictos actuales en obras que llevan hasta siglo y medio de publicadas, como La cuarterona, porque para nosotras el texto sigue abierto mientras tenga lectores/as; eso quiere decir que puede seguir cambiando, a tono con las diferencias entre cada lectura y entre cada nuevo contexto cultural.

Otra particularidad de las construcciones culturales que se nota cla­ramente en los textos literarios es la percepción de nuestro propio yo como separado de y aun opuesto a todo lo demás. La construcción del sujeto y de la identidad son, en efecto, construcciones de la modernidad que han llegado a influir considerablemente en las personas de hoy. A tono con esto, en la vida cotidiana constantemente acostumbramos separar nuestra iden­tidad como personas de la identidad de las demás. En ese proceso, llegamos a ignorar incluso la identidad de muchos otros seres. Por ejemplo, si alguien dice: “Cuidado, ésos que vienen ahí son mayangos de caserío”, está sustituyendo a las personas individuales por su ropa o por su modo de caminar. Se convierten para quien habla en algo parecido a objetos o co­sas, sin haber considerado que se trata de seres humanos en toda su com­plejidad. Así, un mecanismo del pensamiento que parece normal, pues no podemos conocer las profundidades individuales de cada cual, se vuelve originador de prejuicios racistas.

Sujeto/objeto, yo/lo otro son categorías binarias, conceptos colo­cados en polos opuestos, que designan una particular forma de captar la realidad según la presentan el pensamiento filosófico y científico occi­dental de la modernidad. Lo otro es lo que es diferente a mí, al sujeto; es visto a través de mis ojos, los ojos del sujeto. El sujeto es quien observa, toma contexto humano, siente, ve y padece y lo puede decir. Lo otro no puede hablar, es hablado, es descrito por alguien en la posición de sujeto. Instaurarse en la posición de sujeto es una forma de asumir poder. Hablar, describir, analizar son formas en que el sujeto ejerce poder. Lo otro no puede hablar, por lo tanto, queda reducido a objeto que se observa.

Siguiendo este sistema de pensamiento, la lógica patriarcal instaurada en muchos contextos sociales está basada en reconocer a los hombres como los sujetos de la historia y del devenir social, y como únicos sujetos psicológicos con identidad unitaria. El sujeto masculino observa y describe la “subjetividad femenina” y en el proceso la objetifica, la convierte en objeto observado. El género femenino queda meramente como una desviación de la norma, en tanto lo “normal” es lo masculino. Desde esa perspectiva dicotómica, las mujeres pasan a carecer de individualidad y, en la mente de quienes piensan así, es representada exclusivamente por sus atributos opuestos al hombre.

Esto es muy pertinente dentro de la comunicación literaria, si consi­deramos la gran cantidad de hombres que se destacan como “autores” y la gran cantidad de personajes femeninos que construyen en sus textos. Cabe preguntarse ante cada texto leído, ¿de qué manera el sujeto-hombre, autor, representa a las mujeres desde su perspectiva localizada? Por otro lado, ¿hasta qué grado los personajes que ese autor construye reproducen la lógica patriarcal? En Crónica de una muerte anunciada, por ejemplo, uno de los conflictos centrales es que el personaje Ángela Vicario, como joven próxima a casarse, se valora exclusivamente como un cuerpo virgen en la mente de muchos habitantes del pueblo y aun de su novio.

No significa lo anterior que las escritoras estén exentas de prejuicios patriarcales en la construcción de sus textos, porque ser mujer no es sinó­nimo de ser feminista, y aun los más y las más feministas aprendieron esa estructura de pensamiento y pueden involuntaria o inconscientemente revertir a ésta. La obstinada fidelidad a su primer novio que muestra el per­sonaje de Tita en la novela Como agua para chocolate ejemplifica las tendencias patriarcales de ese texto escrito por una mujer. A pesar de cierto grado de rebeldía o desafío que ese personaje muestra, en última instancia la caracterización de Tita refuerza la asociación tradicional de la mujer con la monogamia absoluta. ¡Cuántas niñas y jóvenes siguen sintiendo, al influ­jo de la novela rosa y otros productos de la cultura de masas, que ellas quedarían degradadas si no acataran la cursilería del “único amor”! A tra­vés de estos discursos y prácticas tan opresivas se va construyendo la “sub­jetividad” de muchas mujeres.

Sin embargo, la subjetividad masculina no puede ser tampoco esa identidad de una sola pieza, monolítica, que pretenden establecer las per­sonas de las clases dominantes. Es también un constructo impuesto y opre­sivo que ignora diferencias. Así, por ejemplo, los hermanos de Ángela Vicario en Crónica de una muerte anunciada sufren la imposición de tener que matar al presunto seductor de su hermana puramente por presión so­cial, aun cuando no sienten auténtica indignación contra él. En casos como éste, que no son excepcionales ni escasos, los hombres también son oprimidos y objetificados por la cultura machista. Esto es una demostración de que los binomios sujeto/objeto, yo y lo otro imponen límites inflexibles a la variedad, la libertad, la creatividad múltiple de los seres humanos.

Las mujeres, por su parte, a pesar de su subordinación, no dejan de desarrollar otras formas de ejercer el poder, aunque éste se reduzca a resistencias, a búsqueda de espacios mínimos de libertad. El poder de quienes son “otros” puede generarse mediante la lucha o mediante la resistencia.

La resistencia es, pues, un último reducto de la libertad, donde las sin po­der se apoderan de un espacio en los conflictos. De la misma manera que hay muchas formas de luchar, también las hay de resistir.

Si consideramos que el pensamiento binario y dicotómico es una estructura mental aprendida, las mujeres también pueden objetificar, aunque les sirva de poco en los juegos políticos, ya que rara vez logran invertir las estructuras sociales del poder. Si una mujer acepta convertirse conscientemente en objeto del deseo sexual, para seducir y dejarse seducir, podría ser una conducta aprendida en el terreno de la sexualidad, que es otra forma de poder. Ahora bien, ¿podría, por otro lado, representar también una estrategia de resistencia, o sea, el intento de un sujeto que vive en la subordi­nación por no entregar totalmente su autonomía como ser humano? La resistencia, la seducción y otras prácticas de acción indirecta, ¿pueden constituir empoderamiento o fortaleza para muchas mujeres? Gran parte de las mujeres no han sido víctimas totalmente pasivas. El machismo las suele acusar de colaboración, de una forma de traición a su sexo, o, en otras instancias, de buscarse el sufrimiento o la represión por tendencia al masoquismo. Pero eso no debe extrañarnos, porque el poder suele estigmatizar y condenar las formas de resistencia que muchas mujeres, al igual que otros subordinados, construyen.

Enfatizar en el hecho de que las mujeres pueden ser frecuentemente víctimas del patriarcado y del capitalismo ha dado impulso a los movimientos feministas para luchar, concientizar y lograr leyes en favor de las mujeres. Los movimientos feministas, como fuerzas sociales y políticas que buscan mejoras en las condiciones de vida de las mujeres, han concentrado sus esfuerzos en problemas importantes como la violencia contra las mujeres que se manifiesta como violencia sexual, llámese clitoridectomía, infibulación, atado de pies, criminalización del aborto o violencia doméstica. Existe un grave peligro, sin embargo, en la repetida presentación de las mujeres en el rol de víctimas absolutamente incapaces de salir del abuso. En el interior de cada situación de violencia en la pareja, existe una mujer que, más que víctima, es protagonista de una multiplicidad de conflictos, reacciones y resistencias.

Observar la interacción entre victimización y resistencia, y cómo se articulan dentro de otras dicotomías mecanicistas como sujeto y objeto, yo y la otra, puede ser una manera interesante de leer obras literarias como El túnel, por ejemplo. También La amortajada puede leerse como la historia de las seducciones, evasiones y manipulaciones de Ana María, quien, pese a acatar por décadas la degradación de un superficial matrimonio burgués, elabora una intensa vida interior y un camino a la trascendencia.

En verdad, la crítica se ha ocupado poco de captar en los textos lite­rarios las sutilezas y las complejidades de las mujeres en las luchas de poder. Por eso, el envío de este libro podría ser una invitación a celebrar las resistencias. Igualmente, incitamos al concluir, como desde el principio, a hacer de la lectura vía de placer y de revelaciones. A leer con feminismo, a leer con deleite y con desafío, a leer con intensidad.

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* Del libro Ni víctimas ni bárbaras. Lecturas feministas de algunos clásicos hispanoamericano ,
Elsa R. Arroyo Vázquez y María Solá, Editorial Plaza Mayor,  San Juan, 2003.

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