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Samuel Feijoo, efímero y frugal
Carlos Alé

 A unque el escritor y pintor cubano Samuel Feijóo* fue en vida una figura prominente, reconocida y  popular en su país, su obra permanece como un raro caudal aún poco explorado, si miramos la profusión de estudios y las devociones que han recibido, merecidamente, otros intelectuales de gran talla en la cultura cubana, con los que Samuel comparte su estatura y su huella en el siglo xx.

Es difícil conciliar la memoria de un Feijóo unívoco, dócilmente definible por epítetos inconexos que quizá sean los trazos de superficie en un retrato evidente, simple,
o –sospecho– quién sabe si premeditado por él mismo.

El sarcasmo en ristre, que dulcifica a veces en una ironía cariciosa si se trataba de referir sus afectos o afinidades, y el antiacademicismo  militante, son dos de esos convencionales calificativos que ciertamente lo divisan y amartillan de esa forma un sentido de agresividad. Es una punta de ovillo; una rienda para llegar al corazón ardoroso, místico y escondido, de este ser fiel a la fragua desmesurada y bullente de su intelecto.

Si se quiere la pulpa del pensamiento feijosiano habrá que buscarla como en esas frutas ríspidas que tienen una corteza y otra carne, pero aprietan en su sabor el nutriente denso y ancestral de la naturaleza.

Una filosofía esplendorosa y sorprendente quedaría a la vista. Más que estas dimensiones fáusticas apreciaríamos la galaxia de un saber en que la arquitectura sugerida por sus puntos y variaciones  traza un mapa atesorable ante las incertidumbres y estupores que agobian al mundo en estos tiempos neoseculares.

La ruta que deja su obra, uniendo en una poética sus versos, su narrativa, sus pinturas y reflexiones, difunde una sutileza de valores de súbita vigencia, o acaso culminante de una tradición humanista en la que Feijóo adquiere un puesto singular en la cultura universal y cubana.

Para esa convención dicotómica y ya exhausta que divide al mundo en Occidente y Oriente, tendría por sus raíces una estirpe cartesiana, occidental, y por sus frutos una trascendencia más próxima el sentimiento orientalista de la vida, terrenamente sensual, ceremonioso y complementario. Como el yin y el yang oscila en su expresión la experiencia feijosiana; como el dios Abraxas con sus dos caras mirando atrás y adelante, aunque rientes, irreverentes y epigramáticas; de pronto piadosas, detenido en el mismo borde del abismo corrosivo que abre la mordacidad a ultranza.

Su vigencia es el efecto fecundante que se aleja de las segregaciones culturalistas, veladamente prejuiciosas, para interesarse de manera espontánea en las facetas plurales de la conciencia, las simas y el fluir de la vida:
 

El mundo romperá tantas medidas, el hombre, la imaginación del hombre siempre las ha roto [...]  Cultura abierta, que engendra la vida, o cultura cerrada que perpetúa un clasicismo estático. Cada época que imponga lo suyo, si puede, y muera en lo que no es continuidad, que es lo más [...] Esta es la cultura de la libertad, que rompe su propia academia inclusive si los fósiles del pensamiento tienden a formar un prestigioso palacio de la cultura abierta: el cultivo de la libertad creadora no debe aplastar ni dominar a nada ni a nadie, ni deslumbrar a nadie más que el segundo del relámpago propio, o desaparece como tal cultura de los sedientos sentidos verdaderamente sueltos. 1
 

Dos fundamentos sustanciales de racionalidad y simbolismo en equilibrio tiene este ideario: una definida vocación por la justicia social y un uso emblemático de la fugacidad en la naturaleza.

Sin embargo, las nociones políticas no son tópicamente declarativas en la escritura de Feijóo cuando aborda los temas sociales.  Caracterizan su participación circunstancial en la época en que vive y desarrolla su obra, pero lo político tamiza una más densa idea de civilidad, itinerante en sus textos y asociada con un concepto de lo justo y lo piadoso que da rodeos por las creencias y la teología, a la vez que se incorpora a su sistema de imágenes en el arte, sin invadirlo.

La finura del pensamiento martiano es revestida por la piedad de Samuel al tratar la idea de pobreza, que sustrae de una reducción clasista para dotarla con sentidos más amplios de humanización. El pobre en la sociedad no es inherentemente bueno, o feliz,  ni tiene el más pudiente garantizado su escape de la miseria, porque ambos comparten un mismo fluir de la existencia en el que la comunión se hace destino inevitable para crecer los dones claros del hombre, del ser humano:  


Has de luchar porque todos los hombres gocen de una justicia social entera. En el hambre y las numerosas creencias no crecen bien, ni pueden crecer, los dones claros del hombre. Crece el espanto, la amargura, el resentimiento [...] No creas que la miseria de tu prójimo no te hace miserable; no te engañes: lucha por ti, haz en él tu parte fiel. 2
 

De esta manera su noción de la justicia social anida más bien conceptualmente en su personal filosofía, para irse desdoblando en los simbolismos destacados de su literatura y su obra plástica, y en su conducta. No le es ajeno el ineludible nexo que en la sociedad relaciona al arte con las expresiones de poder jerarquizadas tradicionalmente, en especial la política y la religión, pero su expresividad adquiere una resolución estética de fibras humanistas tomadas de la experiencia común y lo trascendente en las tradiciones universales. 

Hay reconocimiento de la autoridad social, pero concebida cívicamente, con límites que puede traspasar la errabundez intelectiva. Dios está presente entre los símbolos de esa autoridad, pero muy cercano a la aquiescencia y la bondad nacidas de la propia experiencia humana; tan cerca, que es fuerte la insinuación de un deísmo prescindible aun en el marco del respeto a las convenciones civilizatorias,  por mucho que el látigo del sarcasmo asome para subrayar las sentencias de sus ideas:
 

No se ha de vivir sano donde el hombre deba aceptar dogmáticamente la opinión de gobernantes, artistas, sacerdotes y “sabios”...

Dios es entonces la lágrima que no corre y un terror amargo. Impedido y maltratado muere diariamente, se prostituye con las adolescentes, blasfema en las noches, mendiga y no recibe, pide ayuda con ojos tan tristes o tan fríos que nos enseña su decadencia incurable, su invalidez, la mentira de su poder. Nos revela su miseria, la que nadie adora en él, y así se torna el sumo abandonado, las tripas de un animal que se pudre al sol, de hedor insoportable.

...

A la esencia de Cristo, amorosa, de francas piedades rebeldes, fuertes, a la luz que él ventila rebeldísima, debo lo que en la infancia y adolescencia comí y bebí, directamente de sus evangelios. Si no tengo fe ni cielo ni vidas últimas, tengo propia, amenazada vida, incierta, clara piedad, nostalgia orante de poesía [...]; el natural, propio para mí, desamparo, y oído para la belleza y la angustia del oprimido. 3
 

 Dispersa en sus apuntes se encuentra esta concepción de su poética artística y vital: la exploración de los terrenos de nadie, como una búsqueda del más allá en las propias posibilidades humanas; la esencia piadosa de su vocación expresada en los simbolismos cristianos tradicionales; la rebeldía que lo afilia a las herejías creadoras en la historia, y la noción cultural de los dones sociales y humanistas apegada a los signos de la naturaleza, que es una en su diversidad, y fecunda y múltiple en sus expresiones. 

A partir de esos rasgos desenvuelve Samuel su itinerario en la vida y en los más diversos campos de las humanidades, trazando en conjunto una estética perdurable, aunque poco advertida aún, a pesar de su sorprendente afinidad con las más recurridas tendencias contemporáneas. 

Su laboriosidad etnológica es consecuente con los fundamentos de su poética y comunica los distintos planos de la cultura, motivando las inspiraciones que le mueven a crear una obra monumental. Crece a lo largo de los años la montaña que es la revista Signos, enciclopedia de la cultura popular cubana, de las actualizaciones vanguardistas en el arte y el reconocimiento cultural entre los pueblos. Se adensa el caudal de su escritura en la poesía, la narrativa y el ensayo; se radicaliza la búsqueda antinómica y maximalista de la clarividencia, a través de la integración que va trenzando con el lenguaje el hallazgo de su poder de expresión en los significantes mínimos de la presencia humana en el mundo. El antropos  es hecho ver  en su dualidad de sentido, siguiendo una valoración que anuncian hoy las teorías fractales: es lo presente y la ausencia; trazo y figura;  grano y universo; instante y tiempo; la bruma sugestiva y la verdad revelada: la presencia que lo ausente revela; la figura que está en el trazo; el universo apretado en el grano; el tiempo insinuado por el instante; la verdad que la bruma exacerba:  


Prefiero la bruma fiel a la claridad que nada mío resuelve (en toda la hondura del verdadero suceso), porque mi claridad es la bruma y su reino pasmoso. 4
 

Feijóo es tenaz acopiando los signos endebles que gravitan alrededor de este significado oculto en la verticalidad honda de los sucesos. Lo fugaz adquiere dimensión estética y representa el mínimo germen de sentido en la actitud creadora del ente humano. Creación de la realidad recreada en el arte. Endeblez y sutileza que no indican aniquilamiento, sino estancia, manifestación de lo vigente en un mensaje dístico y revelador: lo efímero y lo humilde que sustentan la percepción de la eternidad:
 

La lenta respiración del relámpago, que en su eterno segundo ilumina el mundo todo. 5

Si no hay ojo para la pequeñez no hay grandeza para nadie. 6

Me estremezco ante el dibujo aleteante sobre la hundida pajilla. Me lo quisiera llevar... pero pienso que ahí está mejor, en su instante ignorado. 7
 

En esta escritura tiene la imagen un relieve luminoso, dando sabor y melodía a la sugestividad conceptual que lo sostiene. Como en la poética más trascendente del arte cubano desde la segunda mitad del siglo xx, la posibilidad de la imagen es irradiadora y pregnante, exploratoria de los anales míticos o del mundo preindustrial, donde el horizonte proyectivo era la búsqueda de lo novedoso; un mundo que su aguzada  sensibilidad  descubre fantasmal y perenne entre los ramajes del monte, en los torrentes verbosos del cuentero, los contrapunteos tonantes de los guateques campesinos y la lubricidad rítmica de los cuerpos en la fiesta. Pero es un mundo que ya no se vive con devoción absoluta, por mucho que la tersura imaginal –a veces tan emotiva– sugiera lo contrario: 


[...] Las ramas como espléndida cortina donde el capricho del viento arpea. El color pajizo de los ramajes muertos al pie de las palmeras musicantes ofrece un raro pedestal de formas deshaciéndose. 

Como hay arroyo de tersas márgenes, voy recogiendo imágenes. Ando. Las hojas del bejuco al ser pisadas huelen picantes. Inmediato a las palmas, bajo un palio de enlazadas cañabravas, me detengo a oír el concierto desde otro ángulo. Los bambúes traen ahora sus órganos y sus quejidos. Embelesadas mis orejas, me siento en las riberas del espejo quieto y puro, que suena delicadamente. En la verdura del agua entreveo secretos homenajes a la tenuidad. 8 

[...] Veo un círculo [...] Es un árbol que hace música. Cimbra y suena. Cada frutita colorada da una limpia nota. La gracia de estos sonidos llega  a mi ser absorto y le produce un pequeño goce. Cada vez que paseo mis ojos por las ramas paridas, brota la música. Es fácil. Todo: en un pronto juego, calmo. 9

[...] ¡Qué muchedumbre prodigiosa de notas cabe en una hoja! 10

[...] ¿Me sueña o la sueño yo  a la belleza del paisaje? 11
 

[...] La rápida sombra del pájaro sobre un libro de versos abierto en la yerba. 12
 

[...] El enorme sentimiento de lo transitorio, el suave y hondo paso del silencio que llama cada vez desde lo más alto. 13
 

Es moderno, actual, el sentimiento feijosiano de aceleración y precariedad, aunque no lo asume filialmente: su cosmos expresivo es una descomunal interrogante sobre el rumbo, o el sentido, del aceleramiento y lo novedoso; una búsqueda de la permanencia en el cambio, no como actitud enclaustrada, sino como armonía de un mundo fluido por donde puedan discurrir sin desgarramientos el cuerpo y el espíritu, el pasado y el presente, la tierra y el cielo.
 

La expresión de esa trémula intensidad de sentimientos apela al difuminado, buscando dar un contraste humano a la multitud compacta, cosificada por la tecnología –también la tecnología del estilo en el arte– y los poderes sociales:
 

El terror a la parcial y extraña victoria de la técnica reunida en mí me ha sobrecogido y amenazado. 14
 
¨No explicar nada. No esclarecer nada. No descubrir nada. No innovar nada. No inventar nada. Nada de eso me tortura.  

Mi tortura consistiría en servir a un demonio (o estar poseído de él) que me obligara a explicar o resolver o esclarecer o inventar o descubrir verdades o novedades.

Porque al cabo, no persigo la Verdad. (He aprendido un poco...) Ocurre al revés: dejo que la Verdad tope conmigo y me sacuda. Mi dicha es concertarme con ella. 15
 

 Una medida sirve a Samuel como guía, como instrumento para dar vitalidad y contenido a su difusión social y estética de la cultura: “El hombre que esparce su pequeña luz amorosa, activa, es el mayor sol del universo, y esto es saber tan antiguo que repetirlo apena.” 16 No se trata de que simplemente retoma el antropocentrismo para constituir sus principios conceptuales. Es una declaración humanista que explica el sentido unificador en sus expresiones intelectuales y artísticas, su gestualidad, sus acciones y la forma en que asumió su propia vida.

 Feijoo es en sí un inquieto signo henchido de las experiencias ordinarias que tamiza ese humanismo, dado en el desborde formal donde reconocemos una afinidad barroca que con sus peculiaridades semánticas y estéticas está inmersa en la corriente consignataria de la época: el carpe diem (goza de este día) y el memento mori (recuerda que morirás.) En medio de la vanidad y la cursilería, el inmenso tumulto del arte y los movimientos sociales, va dejando subrayado un eje de sentido que ha de convertirse en motivo de conducta, en sutil noción filosófica y en el legado trascendente de las rebeldías: lo efímero de la existencia, que se manifiesta como gozo y necesidad naturales.

En la recurrencia simbolista a los humildes atavíos de la naturaleza ya se aprecia la percepción hondísima del instante que va tejiendo la experiencia y la sostiene; el detalle vital hoy altamente apreciado y la concertación espectacular y creadora de las distintas artes afluyendo en un mismo cauce armónico, universal, “un soplo muy profundo de comunicación cósmica”. 17 

El símbolo funde en un valor estético los modos de vida y los estilos correspondientes en el arte. Lo efímero  porta y sintetiza ese valor, transita por la analogía entre distintas culturas y expresiones artísticas, otro rasgo que coloca a Samuel entre los grandes intelectos contemporáneos y en la corriente de su tradición. Pero en su simbología es sublime y obstinado el empeño por dotar a lo formal con las sensaciones, los sentimientos, el color, la textura y el sentido vital de las experiencias reales valoradas según su concepción humanista. El esfuerzo es feraz, luminoso, y de un intenso poder sugestivo evocador. 

De ahí que su obra tenga la gracia del gesto natural, la insinuación de un trazo espontáneo y azaroso, la ingenuidad de lo improvisado. Es una maraña de monte áspero y oloroso a vida, un ritual apegado a la tierra y sus jugos, una filosofía del cuerpo y de lo ordinario. La ritualidad del estilo conserva y rehace en cada encuentro con el texto los referentes originales, en una expresión monista sobre el discurrir de la existencia por las dimensiones de su diversidad. Lo que se toma de la naturaleza según la ambivalencia física y espiritual del don humano, se realiza naturalmente en su función estilística: de la vida proviene y a la vida vuelve, como el ciclo germinativo, o el de la lluvia. Puede que sea un verso, una metáfora, un relato, una pincelada o una línea enrevesada y aparentemente primitiva en el dibujo: el summun de la imagen es una especie de holograma que va depositando su universo trenante de sentidos minuciosos y ceremoniales en el espacio dormido de las emociones. 

La visualidad vibra entre la bruma y el contorno, la luz y la penumbra, la palabra y el gesto, el plano y el volumen; pero sigue una noción que transita libremente por expresiones multiculturales y tiene su centro conceptual en la complementación. Hay un contacto visual que literalmente sería el darshan hindú, el instante sagrado en que un objeto manifiesta el espíritu y comunica lo divino al sujeto. Esa levedad es de inmediato corpórea en el descubrimiento de las equivalencias donde se acercan los signos de la naturaleza y la sociedad cubanas a la multitud de culturas del mundo. La divinidad revelada es la isla misma en su corriente de símbolos patrióticos que Feijóo acopia entre el paisaje y la gestualidad sociales, pero su trascendencia es una ceremonia de lo efímero que escapa así a la fijación histórica para colocar su nota identitaria en el concierto de las humanidades. 

Este modo de focalizar la cultura y la sociedad tiene un efecto estético que enlaza las nociones etnológicas y antropológicas con el arte, es devocional y a la vez crítico. Eleva la maravillada imaginación popular y señala sus límites.  

Los comportamientos en la fiesta campesina, las costumbres comunitarias, las marcas de conducta y el valor imaginal en el verso y la cuentería, son contenidos que constituyen una escritura-mural donde se trenzan múltiples técnicas expresivas, y la captación del gesto y los signos tiene el mismo carácter ceremonial de otras culturas en que objetos y acciones deben estar iluminados por la tradición y el lenguaje propio para adquirir significado. 

La línea y el color en los dibujos y pinturas de Feijoo son ilustrativos de ese ojo con que busca y decanta asimismo lo que hacen los pintores y dibujantes populares o primitivos en la isla. Por este costado va en pos de la misma natividad que inspira al arte mural, los tatuajes en el cuerpo, la tintura de tejidos y la cerámica en las culturas africanas, o de los aborígenes de Australia y Amazonia; una  visión similar que capta el leve peso de lo efímero para expresar el valor inmanente en la silueta del instante vivo, del sentimiento fugaz y la vivencia intensa: el retorno entre la noción filosófica y la apreciación estética  para convocar en sus sentidos funcionales las actuaciones de la cultura, como las pinturas de arena en las ceremonias curativas tradicionales de los indios norteamericanos.

En el terreno del arte la participación de Samuel es una bruma montaraz que se extiende por la cultura cubana, y como la bruma, es imprecisa. Apegada a la tierra, cubre el universo circundante; en nada permanece, pero en todo queda su natural humedad que fecunda.  

No hace escuela, porque es más ansiedad expresiva y voluntad cósmica antes que definición de estilo, y de esto mismo nace su inconfundible identidad formal en una respuesta propia de su pensamiento: difumina y difunde. 

El apego a los contenidos vitales y las informes y disparejas maneras del mundo, estampa su personalidad en un singular fenómeno expresivo que abarca el conjunto de su obra y sus gestos en situación, de modo que en un contexto donde la herencia  moderna acentúa e hiperboliza la división de funciones en los comportamientos sociales –a la vez que apelmaza la variedad cultural siguiendo patrones como el mercado– Feijóo escapa a la preferencia clasificatoria y a la sucesión de modas en la vida institucional del arte. Sin embargo, en el gran texto de su obra esta poética particular proporciona coherencia a su narrativa, poesía, ensayo, plástica; sus conferencias, su vida pública y hasta sus conversaciones y actos ordinarios, reflejados apenas en un anecdotario aún poco conocido y en gran medida por recoger. 

Ahí están si se quiere los rasgos que trascienden en las tendencias artísticas contemporáneas, y que han quedado marcados en etiquetas y casilleros de historización: el interés por lo corporal, la expresividad inclinada al gesto y lo improvisado, donde intervienen música, pintura y escultura. Cuando Samuel diserta en una conferencia con un tibor sobre la cabeza; cuando utiliza ante el público la mala palabra; cuando marca con cagajones de caballo el trillo de un burócrata en su edificio, desde la puerta al buró; cuando organiza la actuación de músicos populares que han construido sus instrumentos, o la disputa de improvisadores decimistas en una controversia, para anotar estrofas espléndidas de ingeniosidad y vitalismo; cuando recoge a su paso por los campos y ciudades todo objeto en que su ojo descubre una caprichosa forma estética; cuando se rodea de las esculturas breñosas en que un artista popular deposita los sentidos inescrutables de mitos aún vivos; cuando va intrincando su sintaxis al ritmo de la metáfora y la hipérbaton súbitas y de una plasticidad minuciosa; cuando utiliza eventualmente materiales de la  naturaleza y objetos culturales para trasmitir sus arranques expresivos... 

Hay en todo esto una afinidad estética que lo mantiene en la tradición de la vanguardia moderna, y una base conceptual que lo coloca en la corriente del pensamiento humanista emergido en una filosofía de la resistencia al finalizar el siglo xx:  los events, de Fluxes, o los happenings de Allan Kaprow; las eventualidades del teatro callejero y la gestualidad del performance art; el body art o arte corporal y la utilización de la tierra y sus derivados por el land art en sitios naturales; el arte povera que lleva  a las galerías las obras realizadas con materiales naturales; el carácter efímero de las vallas o murales; la incertidumbre del ready-made de Marcel Duchamp, abierta a las esencias del cambio y las veleidades en el mundo contemporáneo; los relieves vivos de la naturaleza en el arte vegetal, al estilo de Nils-Udo; los responsos de la poesía visual... 

El efecto estético que comparte la obra de Samuel desautomatiza los hábitos perceptivos del interlocutor y exige su participación activa; incorpora al movimiento de este el recorrido de lectura y el espacio físico, o el universo simbólico. Es una gestualidad que brota de la circunstancia en un gesto fijado entonces por su fascinación de sentido, y que explora la multidimensionalidad del ente humano, tanto en sus costumbres como en los caprichos de su espíritu inquisitivo y culturizante.  

La imagen feijosiana es imantación en el caos; un tránsito a dimensiones diferentes y planos más elevados de la existencia. No es compartimento, es complemento, por lo que su definición se aproxima en la complejidad simbólica donde hay un encuentro de las más disímiles posiciones intelectuales, estéticas y de la existencia. Al éxtasis de la naturaleza sucede el paso tumultuario que hace un agresivo proselitismo de la vida abierta y subversiva, mística y animista, devota de la tradición humanizante y rebelde a la academia de los convencionalismos. No recoge los frutos del pueblo en una postura conservadurista, sino polinizadora, que prefiere libre y gozosa: al mundo ha de armonizársele en su espesura de trepidaciones, pero viviendo sus profundidades orgánicas.  

En términos de taxonomía crítica, Feijoo es folk y es pop; es rural y atávico en su jerarquización de valores, pero citadino y experimentalista en sus herramientas estéticas y su deambular filosófico. Ambas posturas confluyen de manera especialmente ilustrativa en las páginas de Signos, su revista unipersonal y universal, rara, dispareja, desafiante, rústica, vanguardista, primitiva y moderna. Refranes, canciones, décimas, cuentos y dibujos, paisajes, toda la enciclopédica imaginería y creación populares convive allí con las rupturas expresivas contemporáneas. Es fuente documental para etnólogos y antropólogos, a la vez que catálogo histórico para las artes visuales y las aventuras estéticas de la actualidad. 

El mensaje coherente que va aflorando en esta obra indivisa de texto y persona es la unidad de lo diverso, el nexo profundo que vincula en su carácter identitario y contradictorio a la humanidad, y por ello mismo la convivencia posible y el apego a las formas sencillas de la vida, por donde salen a la luz y la armonía del universo sus oscuras complejidades.  

La relación ecológica y la prédica de la frugalidad son símbolos evidentes para el acceso a este sentido, y lo dotan de notable vigencia:
 

La restauración del hombre por el campo y sus animales es desconocida en nuestros días. Y los pensamientos que dan las piedras y las aguas podridas y los pájaros y los silenciosos colores del aire... El hombre se ha perdido el poderío sobrio de la naturaleza: pero la devastación no ha quedado impune. 18 

Su declaración revela el ritmo de la naturaleza como clave de lectura y coloca a Samuel en el legado de los aleccionamientos filosóficos y de conducta que han hecho escuelas, han marcado épocas o han formado personalidades paradigmáticas, influyentes en un modo de vida que permanece y va emergiendo como opción ante los fracasos de los modelos sociales y de poder predominantes, y el desgaste ideológico de los discursos y metarrelatos modernos. Es un eco del Whitman que manifiesta: “Miro con serenidad la naturaleza, bebo día y noche  /  las alegrías de la vida”; como del Henry Thoreau que se va a vivir solo a una cabaña del bosque para definir su postura contra la alienación del estilo de vida industrial, y escribir sus conclusiones; o del Paul Goodman que predica la sociedad natural en la contracultura de los años 60 en el siglo xx.  Es epicúreo, estoico, taoísta... 

El valor de la frugalidad involucrado en estas concepciones resulta en una filosofía alternativa de efectos revolucionarios. En el marco histórico en que nace y vive, Feijóo podría encontrar un paradigma cumbre en Gandhi, de quien dice Gilbert Murray: “Los que ejercen el poder deberían ser especialmente prudentes en sus relaciones con un hombre para quien los placeres sensuales, las riquezas, el confort y la estima de sus contemporáneos no significan nada”... 

Aun cuando el significado de la frugalidad –del latín fruges, o alimentación a base de frutas– es casi etimológico en Samuel, por su preferencia y su prédica de las dietas vegetarianas, este modo de asumir la vida y las relaciones sociales es un mosaico de complejidades contradictorias, como lo es su obra y su insólito carácter personal. La frugalidad es templanza y parsimonia en la degustación sensual y estética de los dones de la existencia;  simplicidad en el camino a las profundidades humanas, pero no virtud de la que se hiciera un dogma, sino cualidad instrumental de lo que permitiría un orden justo, armonizante del universo a partir de una autoconciencia abierta, sin embargo, al encuentro y la otredad. 

La frugalidad feijosiana es un valor que niega la actitud estigmatizante de la técnica y del cambio en la conciencia conservadora de la cultura,  como también la hipertelia de la máquina y la ciencia, o de la estética moderna, que violentan su transformación. El carácter revolucionario se distancia asimismo del significado clasista y político ya hecho etiqueta en este concepto. Es un camino que viene desde las honduras trenzadas de la humanización, y va hacia horizontes donde hunde en las tempestades evidentes el corazón ancestral de que está hecha la solidaridad de la criatura humana. Aventura, juego, aprendizaje, riesgo, gozo de emociones naturales y devoción de un ethos que del error y las contradicciones va gestando un ser distinto. La lección que nos deja es cultural, y es su más luminosa zona de vigencia. 

Las disciplinas humanísticas reúnen hoy el testimonio suficiente para saber cómo existe en individuos –raros e inadaptados– esa distinción por la que el ser anuncia su ascendencia, germinando desde la tradicionalidad un cambio cultural que desplazará de los agotamientos institucionales, como la política y la religión de nuestros días, las acciones predominantes para generar la gobernabilidad social, las rebeldías renovadoras y la conciliación de intereses y conflictos entre las comunidades humanas. 

¿Cómo sería Feijóo en esta época en que la realidad virtual pudiera conectar al ser humano en una red interactiva de sus esferas simbólica, física y sociológica? ¿Rechazaría la nueva capacidad humanizadora de la inteligencia? ¿Habría ignorado en la exaltación de esta conquista sus paradojas culturales y la herencia tradicional que nos trasciende?

Si aún podemos recordarlo es porque él mismo anotó con su poética y su vida una respuesta: experimento y fervor. Pero nos legó su trascendencia en la lenta respiración del relámpago y el instante ignorado. En la muchedumbre prodigiosa de notas que cabe en la hoja de un árbol, y también en el grano de mostaza.

 

 notas 

  1. Samuel Feijóo, apuntes en “Paseo corto en Francia”, Signos (1), 1969. Se trata de una noción liberadora de la cultura que en Cuba es modernamente de tradición martiana, y que reúne a Feijoo con el gran pensamiento hispanoamericano contemporáneo. Ver, por ejemplo, esa específica afinidad de ideas en el siguiente criterio de Octavio Paz: “Una inteligencia enamorada de sus particularismos –a quienes no trata como obstáculos o como materia prima para más altas y libres creaciones, sino como ídolos– empieza a no ser inteligente.”  (De su correspondencia con Alfonso Reyes).

Todas las citas pertenecen a Feijóo. 

  1.  Libreta de Pasajero (1948-1956).
     
  2. La alcancía del artesano  (1958).
     
  3. Ibídem.
     
  4. Idem.
     
  5. Idem.
     
  6. La hoja del poeta (1942-1956).
     
  7. Ibídem.
     
  8. Diario de viajes montañeses y llaneros (1939-1946).
     
  9. Diario hojoso (1939-1942).
     
  10. Poeta en el paisaje (1946).
     
  11. Ibídem.
     
  12. De su “Librito de instantes”, en Caminante montés (1955-1959).
     
  13. La hoja del poeta (1942-1956).
     
  14. Ibídem.
     
  15. Libreta de pasajero (1948-1956).
     
  16. La hoja del poeta (1942-1956).
     
  17. Libreta de pasajero (1948-1956).

___________

*Samuel Feijóo nació en el territorio de la actual provincia cubana de Villa Clara, el 31 de marzo de 1914. Su inquietud intelectual abarcó la literatura, las artes plásticas, el periodismo, el folclor y el trabajo editorial. Fundó y dirigió la Imprenta de la Universidad de Las Villas, así como las revistas Islas y Signos, ambas emblemáticas y aún existentes. Su extensa obra ha sido traducida a varios idiomas. Publicó más de 100 títulos entre los cuales suelen citarse: Faz, Diario abierto, Juan Quinquín en Pueblo Mocho, Azar de Lecturas, Mitología americana, Del piropo al dicharacho, Libros de apuntes y Pleno día a pleno sol. Murió el 15 de julio de 1992.

 

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