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Juan Antonio Ramos nació en Puerto Rico. Obtuvo un Doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de Pennsylvania. Ha cultivado el cuento, la novela, el ensayo y el teatro. Algunos de sus trabajos han sido traducidos al inglés, francés y alemán, adaptados con éxito al teatro, y figuran en importantes antologías.

En 1990 la Fundación John Simon Guggen­heim le otorgó una beca para dedicarla a la creación literaria. Su relato El príncipe de Blan­canieves lo hizo acreedor al Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil 1997 auspiciado por el Grupo Editorial Norma de Colombia.

Ha publicado las siguientes obras: Démosle luz verde a la nostalgia (Cuentos,1978), Pactos de silencio y algunas erratas de fe (Cuentos,1980), Hi­lando mortajas (Cuentos,1983),
Papo Impala está quitao (Cuentos,1983), Hacia El Otoño del Patriarca: La Novela del Dictador en Hispanoamérica (Estudio Crítico,1983) Vive y vacila (Novela,1986), El Tramo Ancla (en colaboración con siete escritores; Ensayos,1989), En casa de Guillermo Tell (Cuentos,1991), El manual del buen modal y otras ocurrencias "lite" (Prosa Varia,1993), El príncipe de Blancanieves  (Novela corta, 1997), El príncipe de Blancanieves; Una torre que canta (Novela,1998), El jockey (Novela, 2002), El libro de la rabia (Novela, 2006), El amigo de Rita (Novela corta, 2007), Mejor te lo cuento. Antología Personal 1978-2005 (Cuentos, 2007). 
 

Comentarios a su obra 

“Juan Antonio Ramos descuella dentro de la nueva narrativa por su incisiva denuncia social enmarcada dentro de unos moldes lingüísticos coloquiales que utiliza como vehículo expresivo y arma lúdico-crítica. Características que según IvetteLópez definen a la hornada de los narradores más recientes de la Generación del Setenta y Cinco: Magali García Ramis, Ana Lydia Vega, Carmen Lugo Fillipi, Juan Antonio Ramos.

“Las narraciones de Juan Antonio Ramos [En casa de Guillermo Tell] destilan un hondo pesimismo. Sus siete cuentos desenmascaran a una clase media enajenada por diversos motivos.- poder, dinero, sexo, religión, fantasía idílica y televisión. Presenta una sociedad que sigue estancada en la charca de sus frustraciones, que deambula y cuya única opción es la muerte. Por ello, todos sus personajes de una u otra forma están muertos: física o espiritualmente”. (Margarita Doncel). 

“Juan Antonio Ramos (Puerto Ri­co, 1948) es uno de los escritores más desta­cados de su país y de Hispanoamérica, ade­más es identificado como uno de los autores de la llamada Generación del Setenta, caracterizados por su actitud irreverente hacia la realidad

al romper con la tradición literaria puertorriqueña.  

“Ramos ha cultivado exito­samente los géneros de la no­vela, el ensayo y el teatro y va­rios de sus trabajos han sido traducidos al inglés, francés y alemán. También se desta­ca de su trayectoria haber sido uno de los co-autores del guión del largometraje The Disappearance of Gar­cía Lorca. Entre sus logros se encuentran el Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil (1997), por El príncipe de Blanca Nieves. (Alida Piñón). 

"El libro de la rabia… una novela para aprender a reírse en los peores momentos"
–publicado por la Editorial Punto de Lectura, 289 páginas, en rústica– es la nueva aportación de Ramos al género de la novela, (adulta, por supuesto), con un protagonista que va de lo profano a lo sagrado en asuntos de trabajo, pues se trata de un escritor de temas eróticos quien, a sugerencias ajenas escribe un libro para niños. De ahí a la fama instantánea fue sólo un paso. Esto lo mortifica pues es un cínico que no cree en nadie ni en nada y detesta los animales. Más aún los que habitan los cuentos que escribe.

La ‘rabia’ del título tal vez la provoque el hecho de que Alberto acaba de divorciarse, se siente fracasado y frustrado y le cuesta mucho adaptarse a su soledad. Se siente un inadaptado, solitario y sin remedio, un "viejo" poco atractivo para las mujeres, especialmente las jovencitas. De las maduritas trata de alejarse. Para viejo, él. (Sonia Cordero). 

“Aunque la narrativa de Ramos no es novata en el uso del humor,  El libro de la Rabia se aparta del uso paródico propio de sus primeras obras. El humor, por antonomasia, no deja de tener un efecto de extrañamiento que puede mover a la reflexión crítica de un mundo patas arriba, pero en la novela cumple la función primaria de provocar la risa o la sonrisa. Y para cualquiera que no sea un lector ladrillo el humor es un dulce que nunca amarga. 

“Novela ágil, humorística, que combina la tragicomedia y algo de intriga policíaca, El libro de la Rabia de Juan Antonio Ramos es también, como sugiere el subtítulo  ‘Una novela para aprender a reírse en los peores momentos’, una parodia sutil de los libros de autoayuda. En definitiva, un texto que se aparta de la literatura de ladrillo”. (Francisco Font Acevedo).
 

Para leer
 

Una noche cualquiera
A Ana Lydia Vega          

Junior salió del periódico a las once y cuarto de la noche. Salió cansado pero satisfecho. Ilustró par de artículos para la revista cultural En foco, y colocó una imaginativa caricatura para la muy leída columna de Álvarez Olmedo. Ma­ñana no reunirá sus clases en la escuela de artes plásticas. Mañana dormirá hasta tarde y después se irá a la playa. Extraña a la nena, a Viveca, tan chula, se le cayó un diente según le dijo su suegra. La suegra lo mantiene al tanto de todo porque si fuera por Elsa… Debió haberse casado con doña Gloria y no con su hija. Le habría ido mejor. Él quisiera amistarse con su ex, fumar la pipa de la paz, limar asperezas. Aceptar que el matrimonio no funcionó y que las cosas son como son. Paró en la gasolinera, y al bajarse del carro, ya tenía el cañón del re­vólver en las costillas.

–Dime qué tengo que hacer para salir vivo de esto –dijo sin mirar al tipo.

–Échale gasolina al carro y llévame a una ATH.

Junior sacó del cajero automático quinientos dólares a las once y cua­renta y ocho minutos. Y a las doce y un minuto sacó quinientos dólares más. Luego la voz sentada en el asiento trasero le ordenó que fuera a Alto Olivo. Ju­nior oyó cuando el hombre susurraba cosas por su celular. Susurraba y reía. El dibujante recogió a un individuo bajito, moreno, con una gorra de pelotero virada. Éste entró al carro y se sentó atrás con su amigo. Susurraron y rieron. Más bien celebraron, según la apreciación del caricaturista que mantenía los ojos fijos en la carretera, sin atreverse a mirar por el espejo retrovisor. 

Llegaron al caserío Virgilio Dávila. La voz que ordenaba se bajó y dejó a su amigo con Junior.

–Te vamos a matar –dijo la nueva voz.

Junior pensó que era una voz joven. Más joven que la otra. Una voz fanfa­rrona. Alguien que no habla en serio. Alguien que quería asustarlo. Aunque asustado estaba ya, cómo no iba a estarlo, pero necesitaba creer que lo dejarían ir con vida. Él había obedecido al pie de la letra las órdenes de la primera voz. De su raptor. Confiaba en que el matón cumpliera su palabra. ¿Qué palabra? El in­dividuo no prometió nada. Sólo lo mandó hacer cosas que él ha hecho y… Ahí regresa. No puede evitar mirarlo. Flaco fibroso, piensa que aindiado, con la cara huesuda y algún bigotito. No parece delincuente. Entra al carro y los amigos ar­man un alboroto. Empiezan a meterse material. Le ofrecen droga. Junior no habla. Ríen enloquecidos y uno de los dos, no sabe cuál, le ordena irse pa’l ca­rajo. Sigue por ahí pa’bajo, puñeta. 

Junior oye a los hombres alardear de los tiros que han pegado, se burlan de las súplicas, los gritos, las caras de espanto de las víctimas antes de ser eje­cutadas, gozan al recordar las posturas cómicas, grotescas de los infelices al caer acribillados. Ya en este momento Junior sabe que le llegó la hora, que va a morir. Siempre imaginó su muerte de otra manera, en su lecho de enfermo y ro­deado de sus seres queridos. Sin embargo, la certeza de su fin no lo llena de temor, de angustia, de pánico, sino de paz, de una mezcla de quietud y equilibrio y armonía y plenitud y de pronto, se ve con Viveca en su regazo mientras miran la televisión, se ve lanzándole puñados de arena a Elsa en la playa, se ve reco­rriendo en bicicleta las calles de su barrio junto a sus amigos de la adolescencia, se ve vestido de vaquero el día de Reyes… Los gritos lo devuelven a la realidad, qué voz es cuál, disputan quién se encargará de ultimarlo, la voz gruesa, ronca, agresiva, dominante se impone y reclama a Junior, ese hombre es mío y tú te bajas de aquí, coño. 

El artista alcanza a ver por el espejo retrovisor una porción fugaz del bulto lanzado a la carretera. Tiene la mente en blanco. Sólo oye el rugido sordo del motor y su respiración acelerada. Pasan largos y horrorosos minutos antes de que la voz resurja. 

–Párate aquí. 

Junior obedece. ¿Dónde están? Por la vegetación oscura y solitaria sabe que se han alejado de la ciudad. Esto es campo campo. Ahora sí que le llegó la hora. Y no le importa. Hasta lo agradece. El corazón late con violencia, golpea fuerte el pecho. Cierra los ojos, refrena los deseos de llorar, intenta articular en su mente una oración… Escucha cuando el hombre monta el martillo del revól­ver, aprieta los párpados esperando lo peor, y oye el disparo resonar en la tene­brosa inmensidad. ¡Sigue vivo! ¡Sí! ¡Respira! ¡Alabado sea Dios! ¿Qué pasó? ¿Por qué el disparo al aire?

 –Aquí está tu bala.

El hombre le extiende el casquillo que Junior recibe en la mano temblo­rosa.

 –Esta noche naciste de nuevo –dice la voz–. Te salvó esto.

 Ahora el hombre le devuelve la billetera abierta. El dibujante no entiende.  

 –Tu nena me recordó a la mía –dice el hombre–. Tengo la parejita.

 Junior roza con la yema del pulgar, la mica con la foto de Viveca. Foto que no logra ver por la falta de luz.

 –Yo me escapé de la cárcel con dos más –dice la voz–. No he vuelto a saber de ellos.

 Junior quiere asegurarle que él no dirá nada a nadie, ni siquiera le ha visto bien la cara ni sabe su nombre. Quiere ir más lejos y ofrecerse a localizar a sus hijos para darles cualquier mensaje que la voz les quiera enviar. Dinero. Junior les podría brindar alguna ayuda del tipo que sea… Pero prefiere callar y esperar sumiso. Al cabo de no sabe cuántos minutos, oye que la voz le ordena regresar al lugar donde comenzó todo. Junior obedece.

 

De viva voz

 –El humor es uno de los recursos más característicos de sus obras. ¿Por qué?

 –Trabajo con temas cru­dos, oscuros, feos; el hu­mor, de alguna manera, suaviza el impacto de estas historias que narro, ayuda al lector a digerirlas mejor. El humor está prácticamente ausente de la literatura es­crita en español. No sé por qué. Tendemos a ser muy solemnes, muy seriotes. El relajo y la bachata es muy nuestro, muy caribeño. A mí se me da fácil y me gusta condimentar lo que escribo con humor. Admiro a los au­tores, de literatura o de cine, que lo hacen. (Alida Piñón, “La rabia, motor de la escritura”)

 – ¿Entiende usted que ya se puede hablar de una nueva generación de escritores puertorriqueños o de una nueva literatura puertorriqueña?

Creo que el concepto generación de manera corporativa ya no existe. Ese concepto de grupo que nos movíamos bajo unas mismas coordenadas y unos mismos temas  y que nos cobijaba una sombrilla, yo creo que ya se acabó, no sólo en Puerto Rico sino en general. No sé si estoy equivocado y bueno, no soy capaz de juzgar muy bien todo esto porque te confieso que  no he leído mucho sobre los nuevos talentos. Noto que es una obra muy dispersa. Lo único que he podido observar dentro de lo poquito que puedo decir es que hay como un afán de ser famoso antes de tener obra. Yo creo que en ese sentido tienen mucha culpa hasta los mismos medios. Yo recuerdo que mi primera entrevista me la hicieron cuando yo tenía ya como tres libros publicados. Eso no quiere decir que eso sea lo mejor para un autor. Yo creo que está chévere que los medios se acerquen y eso está bien, bueno, porque los de mi generación no lo teníamos. Lo que noto es que a veces se le da un espacio desproporcionado a alguien que lo que ha escrito es un texto o un cuentito de aquí y de allá y lo presentan a nivel de figura prominente y entonces no sé si eso hasta daña a las personas. Le crean unas expectativas demasiado altas y yo creo que hasta el mismo autor se debe sentir afectado; presionado. Te puedo decir que sé que se está trabajando mucho y que hay talento, pero todas esas cosas pesan.

Eso de ser famoso va de la mano también de querer acceder a un tipo de literatura comercial y fácil y de lo que está de moda.  Entonces se cae en esta literatura cerebral y no visceral. Algunos escritores escriben de lo que está sonando, o peor aún, de lo que le sugieren los editores. Y esto es una tentación porque a todo el mundo le gusta la fama y el reconocimiento, y si llega rápido pues mucho mejor. Entonces yo creo que ese tipo de literatura es un tipo de literatura desechable; ese tipo de literatura cerebral en que tú escribes por la conveniencia y no por la necesidad. Veo cada vez más eso y entonces lo que veo es un producto genérico un poco aguado, copiando fórmulas ganadoras y entonces eso produce textos que se reciclan unos a otros sin que se observe originalidad.
(Wanda Cosme, “Rabiando con Juan Antonio Ramos”).

– ¿Se siente un escritor latinoamerica­no? ¿Qué lo une y qué lo separa de la na­rrativa latinoamericana?

 –Primero debemos preguntarnos si existe la literatura hispanoamericana como la concebía­mos en los tiempos del boom. La respuesta es: no. Hay muchas parcelas de literatura hispanoame­ricana. Por desgracia, cada día desconocemos más de lo que se hace, en términos literarios, en las distintas regiones, territorios o naciones de Latinoamérica. En tiempos de la globalización, en tiempos de la informática, la llamada internacionalización del libro es una quimera. Pero sí me identifico con lo que me cuentan (y cómo lo cuentan) los escritores de todas esas regiones y países de América Latina, porque hablamos una misma lengua (sin importar las variantes), y compartimos los mismos (o parecidos) sueños y preocupaciones.  (Alida Piñón, “La rabia, motor de la escritura”).

 

 Julio de 2007

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