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Palabras de Ramón Alejandro sobre La desobediencia, de Alejandro Aguilar

 
Ha llegado el momento, ahora que ya se le ha dado a la faceta afrocubana de nuestra cultura toda la atención de la que hubiera debido gozar siempre, de hacer plenamente justicia empezando a denominamos "eurocubanos" aquellos que somos descendientes de europeos y hablar
de cultura eurocubana cuando nos referimos a ciertas obras de arte que tratan específicamente del ámbito que nos concierne.
 
Cada una de estas dos vertientes mayoritarias de nuestra cultura debe tener el mismo derecho a ser específicamente consideradas y nada justifica que el adjetivo de cubano a secas se refiera exclusivamente a ninguna de las dos.
 
En efecto, ha habido en La Habana desde hace aproximadamente tres siglos, un estrato de la población muy informado sobre el desarrollo de la cultura occidental y que ha producido obras de arte que han seguido sucesivamente las últimas pautas dictadas por las élites intelectuales del primer mundo desde París, Londres o Nueva York. Teatro, literatura, pintura, música culta, han dado múltiples ejemplos de fecundidad creativa criolla dentro del código cultural occidental. EL medio eurocubano o criollo tiene sus ritos, sus maneras, su propio encanto particular, y es el caldo de cultivo de muchas de nuestras más acabadas expresiones como pueblo.
 
El verdadero protagonista de la primera novela que publica Alejandro Aguilar, "La Desobediencia", es justamente ese estrato social, ese ámbito cultural donde evoluciona el eurocubano, tal cual se halla actualmente después de las grandes transformaciones que ha experimentado durante las cuatro últimas décadas del siglo veinte.
 
La novela conjuga hábilmente dos aspectos álgidos que caracterizan al medio eurocubano. El primero es el de la conflictiva relación entre los intelectuales que viven en la Isla bajo el celoso Poder Revolucionario que los apadrina y vigila con igual apremio. Los personajes recuerdan con nostalgia los dos períodos de euforia libertaria en los que los artistas se han dejado embelesar por la loca ilusión de que "todo" les sería posible dentro de la Revolución, ambos seguidos por el desengaño inevitable para aquel que depende totalmente del apoyo ajeno en su intento de crear.
 
En las páginas de La Desobediencia se refleja cabalmente el resentimiento y la frustración que existen en los medios culturales de la isla que reprochan al Gobierno Revolucionario su incapacidad de permitir una absoluta libertad de expresión artística. Estos sentimientos pasan por alto la masiva inyección de capitales que la Revolución ha invertido en la creación de numerosas escuelas de altísimo nivel, que han permitido a un gran número de jóvenes creadores formarse y vivir de su trabajo en relativa comodidad. Condición muy privilegiada comparándola con las precarias circunstancias que enfrentan los artistas que viven en el extranjero.
 
Los dos períodos que los personajes de la novela recuerdan con nostalgia son, el primero, la ilusión de los años sesenta justo después del triunfo revolucionario, con un apoyo a la cultura por parte de diversas instituciones recién creadas, nunca antes visto en Cuba.  El segundo es la ilusión de los años ochenta suscitada por la Perestroika rusa. Ambos fueron momentos de exaltación creativa seguidos por sendos períodos depresivos, como el llamado Quinquenio Gris, que fue más bien una larga y estéril década, y el Período Especial
en Tiempos de Paz, que aún se perpetúa.
 
Este es el bajo continuo común en el ánimo de todos los personajes. El drama de unos individuos simultáneamente sobreprotegidos y condicionados por un estado paternalista que les facilita entregarse exclusivamente a su arte, con el que quedan consecuentemente comprometidos a la hora de publicar su obra, aunque no les resulte de su agrado. Como en todo tipo de sociedad en cualquier parte del mundo, todo mecenazgo supone igualmente condiciones de reciprocidad para el beneficiario.
 
El segundo aspecto entrelazado en la trama es el de los intrincados mecanismos a través de los cuales los géneros se hacen la guerra ancestral de la que habló Baudelaire. Alejandro Aguilar ya había esbozado su interés por el tema en sus dos libros precedentes, Figuras Tendidas, 2000, y Paisaje de Arcilla, 1997, publicados en Cuba. En ellos desarrollaba una minuciosa investigación del eros criollo, los sobresaltos infantiles y el desfloramiento de la inocencia en el endémico clima de promiscuidad que prevalece en la isla desde que su idiosincrasia comenzó a perfilarse.

Articulaba en estos dos primeros intentos figuras elementales de complicación relacional, del grupo y el individuo aislado, no conforme con la corriente gregaria. La intervención de múltiples participantes en la triangulación de la convergencia erótica a través de la confidencia o la mirada. El juego sutilmente afectuoso del verdugo y su víctima, del ratón y el gato con su escala de consentimiento gradual en el arte del abuso y la mutua manipulación. 

Todo esto subyace en esta novela donde el machismo desarrolla sus anillos constrictores entre los que las mujeres son sacrificadas fríamente por sus amantes, tanto para ejercer el gusto de la dominación sensual como para conseguir el logro de ambiciones personales matando así a dos pájaros de un tiro. Las mujeres se hacen cómplices de este juego como parte de un orden natural que no parece valer la pena cuestionar puesto que eventualmente les permite conseguir un beneficio colateral igualmente interesante para ellas, tanto en materia de disfrute como de beneficio material. Hay una simetría especular entre las situaciones amatorias y el andamiaje del poder político que las enmarca.

Quiero decir que el equilibrio de la relación de fuerzas opuestas que da consistencia y durabilidad a este complejo andamiaje cívico-cultural es justamente nuestra propia manera de ser o idiosincrasia, que es la que determina estas formas de comportamiento individual dentro de nuestra sociedad. Quizás no sea un fenómeno exclusivamente nuestro, sino una forma local de lo que podría ser un denominador común a muchas otras sociedades, la relación más o menos armónica entre las diversas sociedades civiles y los estados dentro de los que funcionan.

Pero es la manera intensamente dramática en que Alejandro Aguilar lo describe en "La Desobediencia" lo que le permite definir muy eficazmente nuestra manera particular de vivir el eros. En pocos medios culturales del mundo se puede observar tan estrecha relación entre el placer erótico y el ejercicio del poder como en el de la vida pública cubana, y en "La Desobediencia" se pone en evidencia este hecho con magistral claridad.
 
De teatro y de drama se trata, no tan solo por ser el personaje principal una personalidad reconocida de las tablas, sino por la manera en que el autor demuestra el carácter histriónico de nuestra sociabilidad. No podía faltar el afeminado estridente, indispensable en los medios culturales, ni la fiesta vehemente en la que culminan las presiones y pasiones que Alejandro Aguilar entreteje sabiamente durante los dos primeros tercios de la acción.
 
La explosión supuestamente liberadora que no resuelve ningún problema, sino que resulta simple autocomplacencia de darse en espectáculo inconsecuente ante el grupo. El "show" como único desahogo posible ante las mismas fatídicas e invariables circunstancias en las que vivimos desde que accedimos a la independencia en 1902. Todo eso ante la mirada amablemente indiferente del importante extranjero de paso, al que necesitamos impresionar para lograr finalmente existir, el que puede darnos ese acceso imprescindible para entrar al anhelado Primer Mundo, hacen de La Desobediencia una instantánea inestimable del estado actual de estas cosas, que son las de nuestro destino como pueblo.
 
Los personajes que desarrollan su juego de seducción, los artistas que utilizan a sus amantes, los hijos que se aprovechan de las relaciones de sus padres, los funcionarios negociando prebendas con los poderosos extranjeros que andan en pos del mango bajito, los trapos sucios que salen a relucir en público en el paroxismo climático y el jubilante regodeo de los cuerpos, ya sea entre las olas del mar o entre las sábanas de un lecho, que permea con su tibia humedad cada instante del desarrollo dramático, al son de los irónicos comentarios de la loca enroscando sus envidias a los tobillos de los atormentados personajes, todo esto nos trae noticias frescas, nunca suficientes a nuestra avidez de saber más sobre la vida actual en La Habana, siempre fiel a si misma bajo cualesquiera circunstancias, aun las actuales.


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