|  El escritor Eduardo Heras León presenta la novela Las largas horas de la noche, de Antonio Alvarez Gil.
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Palabras de de Antonio Álvarez Gil en la presentación de su novela Las largas horas de la noche Señoras y señores: Compatriotas: Agradezco a mi editora y amiga Patricia Gutiérrez por el gesto de ofrecerse para leer estas palabras ante ustedes, por haber apostado por esta novela y, en definitiva, por rescatarla del infamante regazo del olvido. Agradezco también a Eduardo Heras León por haber aceptado presentarla. Espero que sus inteligentes comentarios despierten en este auditorio el deseo de conocer el libro, de leerlo y apreciarlo tanto como su autor lo ha hecho a lo largo de estos diez años de paciente espera. Con ello, sin duda, culminará el ciclo que todo escritor desea completar cuando se entrega a la siempre ardua y a veces ingrata tarea de crear un texto literario.
No quiero dejar pasar la ocasión sin dedicar unas palabras de recuerdo a la persona que fue prácticamente la artífice de esta obra, a la generosa amiga que hizo nacer en mí el germen de la idea, a esa gran actriz e ingeniosa directora de programas de la Televisión Cubana que fue Lilian Llerena, que Dios la tenga en su seno. Ahora, si me permiten, pasaré a explicar brevemente las causas de mi ausencia en este acto. Créanme que no es nada agradable escribir estas palabras, las cuales deberán acompañar la presentación de mi novela Las largan horas de la noche en la Feria del Libro de La Habana. Esta obra –creo que no es ocioso decirlo una vez más–, mereció en su día la distinción de finalista del premio Casa' 93, y ese mismo año resultó mención en el concurso de novela de la UNEAC. Con esos avales, y con las recomendaciones de los jurados de ambos certámenes, fue incluida en los planes de producción de una importante editorial cubana. Por entonces me hacia mucha ilusión que fuera presentada en el centenario de la muerte del apóstol. Y todo marchó bien hasta que, al año siguiente, yo salí del país y, tras algunas peripecias que no vienen al caso, pude radicarme en Estocolmo, ciudad en la que actualmente vivo. Podría abundar en las causas de mi partida de Cuba, pero creo sinceramente que no vale la pena. Todo el que tiene que saberlo, sabe cómo y en qué condiciones los cubanos de la "generación del 94" fuimos a parar a Suecia. Al poco tiempo de mi llegada a aquel país, la novela, ya editada y lista para impresión, fue mandada a sacar de los planes de la editorial. La obra, a pesar de no ser en lo absoluto una obra de contenido político, resultaba de tal modo condenada a permanecer eternamente en las gavetas de su autor. Por suerte, como pueden ver hoy, no ha sido así. Sobre esto, desde luego, nunca fui informado oficialmente. Aquella, al parecer, era la manera de castigar a una persona que había escogido para sí un camino diferente al del resto de sus colegas. Fue, ciertamente, un camino duro, sobre todo al principio, cuando sentía que me asfixiaba en el seno de una cultura que no entendía y de un idioma en el que no podía expresarme, y mucho menos escribir cuentos o novelas. Así, de repente y por mi afán de decidir mi destino, me vi privado de público, de editor y, sobre todo, del arma primera del creador literario, es decir, del idioma. Pero han transcurrido diez años, y la vida, que todo lo pone en su lugar, ha hecho que Las largas horas de la noche regrese a Cuba y sea hoy presentada aquí ante ustedes. Desgraciadamente, ni siquiera así mi pueblo, el pueblo para quien fue escrita esta novela (cuyo protagonista, subrayo, es el Héroe Nacional de Cuba) podrá tener el acceso que se merece a ella. Por toda esta serie de circunstancias, no puedo estar presente en este acto. Pero este motivo, con ser de mucho peso para mí, no es el único que me impide participar hoy en este evento. No podría venir como si tal cosa a disfrutar de los momentos de innegables emociones positivas que para cualquier autor depara la presentación de una obra ante su público natural. No podría, repito, sabiendo que hay un grupo de compatriotas, de colegas, que cumple largas condenas de cárcel por el hecho de hacer lo que yo puedo hacer por no vivir en mi patria, es decir, por expresar sus puntos de vista en artículos y poemas, por intentar reflejar en sus textos la realidad que los rodea, por practicar, en definitiva, un periodismo alternativo. Se habla de diálogo entre cubanos, de acercamiento entre los que permanecen en la patria y los que vivimos fuera. Creo, sin embargo, que hechos como el que acabo de mencionar no posibilitan ningún acercamiento con los compatriotas de fuera ni de dentro del país. Ese, a mi modo de ver, no es el camino. Como tampoco lo es el hecho de vetarle la entrada a su patria a un colega y amigo que hoy debería estar presentando su libro en esta feria, sólo porque escribe sus opiniones sobre lo que ocurre en un país que es tan suyo como de cualquiera de los aquí presentes. A mí, francamente, mis principios de solidaridad y de respeto por las diferencias no me habrían permitido estar presente en este acto, no al menos en paz con mi conciencia. Es duro decir que no a una invitación para visitar la patria, sobre todo cuando se vive tan lejos y, como es mi caso, en un medio cultural y lingüístico tan diferente al mío. Quiero que sepan que me duele tremendamente no estar hoy aquí en mi tierra, rodeado del calor de mis numerosos familiares y amigos. Sepan también que sueño casi cada noche con Cuba, con su gente, con los pueblos y ciudades de mi niñez y mi juventud, con las calles donde de adulto he corrido tras las guaguas. Sepan que cada día añoro pasar de nuevo por los lugares donde he amado y sufrido a partes casi iguales; sepan, en fin, que sufro por este país, y que siempre me sentiré orgulloso de haber nacido aquí, que con independencia de los giros que pueda dar la cambiante y veleidosa política de los gobernantes de cualquier signo, dondequiera que me pare reclamaré mi derecho a ser considerado un escritor cubano y, más que eso, un hombre de pueblo de esta querida tierra mía. Muchas gracias. Antonio Álvarez Gil. Estocolmo, enero de 2004. |