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Del viejo oficio de migrar y el no tan reciente de escribir para  chicos*

Joel Franz Rosell

  “Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas, y sin sacudirse
el polvo del camino, no preguntó donde se comía ni se dormía,
sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar...”

 José Martí: La edad de oro 

La frase que encabeza este artículo la conocemos todos los cubanos de memoria, porque desde pequeños practicamos un culto casi religioso de la vida y obra de José Martí (1853-1995), el más grande de nuestros escritores, el más profundo de nuestros pensadores y, probablemente, el más trashumante de nuestros exiliados. Seguramente son autobiográficas esas primeras palabras del artículo “Tres héroes”, el que abre La Edad de Oro (1889), la revista que el gran cubano universal redactó para los niños de América. Al igual que su obra, Martí estaba prohibido en Cuba. De sus 42 años, José Martí no llegó a vivir la mitad en la isla por cuya independencia –del poder colonial español– dio la vida. Pero no fue sólo un exiliado político; también fue exiliado ético, pues por decir y escribir lo que los tiranos no querían escuchar también debió abandonar Guatemala y Venezuela. Pero incluso antes fue emigrado económico: la primera vez, con apenas cuatro años, fue cuando sus padres intentaron mejorar de situación regresando brevemente a España, y la segunda, teniendo  23 años, cuando dejó México en busca de un trabajo más reposado y rentable.

 Siempre, y este es el quid de la cuestión, Martí cambió de suelo en busca que más libertad, y con la libertad ganó cultura y humanismo, y ese crecimiento dilató e hizo más fecundas sus páginas.

 Los dos exilios

 La palabra ‘exilio’ tiene dos acepciones en nuestra lengua: una –que suele asociarse al verbo activo exilar– es sinónimo de destierro, es decir, de la expulsión de una persona de su patria por motivos generalmente políticos. La otra acepción, que se vincula con el verbo reflexivo exilarse es muy cercana a emigrar y puede resultar de la decisión voluntaria –aunque no siempre tomada con placer y en completa libertad– del individuo que busca bajo otros cielos mejores condiciones de vida, ya sean estas económicas, políticas, religiosas, profesionales u otras.

 El Dictionnaire des littératures Larrouse recuerda que “Pesan sobre la literatura contemporánea los grandes exilios de James Joyce, Ezra Pound, T.S. Eliot, Saint-John Perse o Hery James, a los cuales se añaden los destierros políticos: Soltsenitsin, Milan Kundera y otros disidentes o escritores africanos, asiáticos, latinoamericanos... en ruptura con la obediencia política. Exilios bien diferentes del cosmopolitismo dichoso y el juego transcultural ligados desde la antigüedad a eso que aparecerá durante la Edad Media y luego en el siglo xviii como una internacional de las letras y las ideas. Exilios que nacen de la afirmación de la vocación literaria contra toda limitación del derecho a la expresión. Exilios que fundan la legitimidad de la palabra personal, haciéndola con ello apta a la totalización de la realidad. Al lado de esos exilios imperiosos, hay exilios menores, nacidos de traumatismos de la historia y a través de los cuales la literatura deviene auténtica “transferencia nocturna” según la expresión del exiliado armenio Armen Lubin: una simple entrada de hombres en el desierto, donde las palabras parecen preceder a las cosas y duplicar la prueba del desarraigo. A menos que el exilio no sea sino  la única manera de ser contemporáneo con el siglo xx como lo demostrarían Gertrude Stein, Beckett y los heraldos del absurdo: Adamov, Ionesco o Grombowicz, cuyos exilios, accidentales, se inscriben sin embargo en la lógica misma de su obra, consagrada a tomar nota de un mundo fragmentado donde se desvanece toda historia posible. Otros exilios hay aún, como el de Du Bellay en Roma, las embajadas del mexicano Octavio Paz, del chileno Pablo Neruda o del cubano Alejo Carpentier... para no remontarnos a exilios ejemplares como los de Ovidio, persuadido de que solo su libro podría retornar a Roma, o el de Victor Hugo, que prefirió, antes que aceptar la amnistía del poder que juzgaba ilegítimo, retirarse a la orgullosa soledad de un abrupto islote extranjero frente a las costas de su Francia. 

 El exilio se distingue de la simple emigración o de la mera “estrategia del exilio” practicada por los escritores norteamericanos de la llamada “generación perdida”. En ese no-espacio que es la expatriación, quien ignora ‑como Gombrowicz o Stein‑ la lengua del país donde vive, o por el contrario la conoce perfectamente, hace de su creación un acto estrictamente autónomo, capaz de reencontrar, a causa del desplazamiento geográfico precisamente, la plenitud de su lengua materna o, por el contrario, de fundar un singular plurilingüismo (como hicieron Joyce o Pound) que viene a constituir una verdadera espacialización del texto.” 

 Al principio fue el exilio

 Por supuesto, no hay en todo lo anterior ni una pequeña alusión a la literatura infantil, ni una triste referencia a un autor que haya escrito para niños (al menos, que yo sepa). Sin embargo, el exilio y la emigración son realidades muy concretas, realidades que a veces son dolorosas y consecuencia de terribles persecuciones políticas, étnicas o religiosas o de la no menos mortal asfixia económica. Realidades que han padecido no solo los escritores ‑cronistas de la vasta aventura de la Humanidad-, sino millones de seres humanos entre los cuales, por supuesto, también ha habido millones de niños y adolescentes.

 La literatura infanto-juvenil tardó en incluir entre sus temas la emigración y el exilio. Solo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando millones de niños sufrieron en directo la barbarie y las miserias del nazi-fascismo, la persecución y exterminio de judíos y los bombardeos (incluido el nuclear sobre dos ciudades de Japón), se hizo evidente que no tenía sentido seguir apartando de los libros infantiles la cruda realidad. El impacto de libros como el Diario de Anna Frank, publicado en 1947, influyó seguramente en el gradual avance del realismo, en particular en el seno de la literatura infantil alemana, y los cambios en la pedagogía y la cultura –tan ligados a las revueltas de 1968- determinaron un radical cambio en la concepción que de los chicos y de su literatura tenía la sociedad.

 Lo paradójico es que el primer cuento infantil que registra la historia de la literatura occidental tiene al exilio como uno de sus resortes argumentales principales. En 1694, el académico francés Charles Perrault publica Piel de asno”, cuento en verso que narra cómo una muchacha, ante los deseos incestuosos de su padre, huye a un país vecino, disimulando su identidad y renunciando a su condición principesca, en busca de una vida mejor y conforme a sus principios (¿podemos pedir una más acertada representación poética del exilio voluntario?).

 En 1699 se publica Las aventuras de Telémaco, una voluminosa novela didáctica que cuenta el viaje del hijo de Ulises en busca de su padre. Si no podemos considerar al joven protagonista como un exiliado y ni siquiera como un emigrante, tampoco podemos negar que Ulises fue desterrado por los dioses del Olimpo en castigo por la destrucción de Troya. La obra pertenece al controversial prelado y escritor, también francés, Fenelón, quien en realidad no estaba de acuerdo con su publicación, precisamente porque temía que su particular visión de la sociedad lo condenase, como así ocurrió, a exilio interior.

 20 años después, el inglés Daniel Defoe publica Robinson Crusoe, cuyo náufrago de protagonista, ¿acaso no es un desterrado? Desterrado por la mala suerte, pero desterrado al fin. ¿Y qué decir de los Viajes de Gulliver, cuyo héroe no es un emigrante, porque emprendió sus numerosos viajes de manera voluntaria, pero igual se ve envuelto en las confabulaciones políticas de Liliput al punto de verse obligado a escapar al reino rival, resulta retenido contra su voluntad en Brobdingnag, y hasta obligado a cuestionarse su condición de ser civilizado en el país de los Houyhnhnms.

 A pesar del conocimiento superficial que del escenario de sus tramas tienen muchos autores de libros de aventuras, algunos de ellos se interesan en el drama del exilio y lo hacen centro de la pasión que devora a héroes inolvidables como Sandokán, protagonista de varias novelas de Emilio Salgari (Los piratas de la Malasia, 1896... Los tigres de Mompracem, 1911) o el capitán Nemo, el misterioso amo del Nautilius inventado por Julio Verne (20 000 leguas de viaje submarino, 1870, y La isla misteriosa, 1874).

 Emigraciones fundadoras y fundamentales

La conquista y colonización de América, África y algunos territorios del Asia tiene una amplia bibliografía donde, por lo menos de soslayo, se refleja la experiencia migratoria. En una literatura que apuntaba a la aventura o a la creación imaginaria de las naciones surgidas de la crisis de la colonización, el enfoque de la experiencia migratoria resulta superficial, abiertamente estereotipado y hasta calumnioso para los pueblos conquistados. La más amplia bibliografía es, sin dudas, la de la colonización de América del Norte, en la que podría destacarse el ciclo de James Fenimore Cooper al que pertenece El último mohicano (1826), autor estadounidense a quien su época reprochó mostrar más grandeza moral en los “pieles rojas” que en los que eran “blancos” como él mismo. La conquista del Far West la narró el alemán Karl May, quien alcanzó enorme popularidad en los tiempos en que se leía sin consciencia del racismo y la violencia que anidan sus numerosos libros. Siempre en el mismo marco geográfico, pero ubicadas en la época de la Guerra de Secesión y la abolición de la esclavitud, encontramos novelas como La cabaña del tío Tom (1852) de Harriett Beecher Stowe y Las aventuras de Huckleberry Finn (1883) donde esclavos negros emprenden peligrosos viajes en busca de la libertad. Las raíces de este drama, el tráfico de esclavos desde Africa hasta América, es una de las formas más terribles revestidas por el exilio en toda la historia de la humanidad. Sin embargo ha sido relativamente poco abordada en libros para chicos a excepción, probablemente, de los Estados Unidos, de donde nos ha llegado La danza de los esclavos (1973) de la norteamericana Paula Fox. En Cuba, “deportación” de africanos, usados como mano de obra esclava se extendió de principios del siglo xvi a mediados del siglo xix (la abolición de la esclavitud ocurrió en fecha tan tardía como 1886) hay una abundante literatura para adultos sobre todo lo referido a la vida y cultura afrocubanas, pero en libros para niños solo hay algún ensayo y varios libros de cuentos folklóricos, que no hacen referencia explícita al proceso migratorio que les dio origen. En este último caso es una excepción un libro inicialmente publicado para adultos y que los adolescentes supieron recuperar: Ponolani (1966). Los cuentos, inspirados en el folklore africano, que constituyen el meollo de este libro, están enmarcados por viñetas de la vida de Ponolani, la madre de la nodriza negra de la propia autora. Otra obra para adultos que ha sido acercada a los jóvenes es la novela testimonio Cimarrón (1966), donde Miguel Barnet narra esa singular forma de emigración que practicaron los esclavos fugados de la “civilización” que les privaba de su libertad, cultura e identidad.

 Ciertamente, la etapa de migraciones que más ha explorado la literatura contemporánea para chicos es la de la Segunda Guerra Mundial, con su cosecha de xenofobia, intolerancia y militarismo y episodios tan trágicos como el exterminio del pueblo judío y los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki.  Los exilios y emigraciones vinculados al funesto período 1939-1945 alimentan Cuando Hitler robó el conejo rosa (1971), de Judith Kerr o Muletas (1987), de Peter Härtling, entre una abundante bibliografía que abarca diveros países de Europa, Estados Unidos, Israel y Japón.

Cuando valoramos el inmenso patrimonio migratorio que está en las bases de la identidad mestiza de América Latina, debemos concluir que no hay una presencia proporcional  en nuestra literatura infanto-juvenil y que ni siquiera tenemos libros equiparables a las novelas españolas sobre la conquista y la colonización entre las que sobresale por su ambición la trilogía iniciada con El oro de los sueños (1986) por José María Merino. Esta carencia suele compensarse con fragmentos o versiones de los clásicos (para adultos): desde los documentos legados por Colón o el padre Las Casas, pasando por Alonso de Ercilla o el Inca Garcilaso hasta llegar a escritores del xix o principios del xx como Ciro Alegría o Miguel Ángel Asturias (Leyendas de Guatemala, 1930), que han re elaborado partes de la tradición oral precolombina. A todo este patrimonio relativamente compartido en todo el hemisferio, cada país añade algún libro para adultos (en fragmentos o adaptación) tomado de su panteón literario.

La emigración europea que alimenta las repúblicas iberoamericanas entre fines del siglo xix y mediados del siglo xx tiene su mayor presencia en la literatura argentina. Autores como Perla Suez, con Dimitri en la tormenta (1995) y Sandra Comino con Así en la tierra como en el cielo (1998) han explotado sus propias raíces familiares, mientras Marcelo Eckhardt ofrece con El desertor (1992) una variación interesante al contar, con el tortuoso fraseo de un relato punk, el deambular por el mundo de un joven de ascendencia aborigen, que escapa de la guerra de las Malvinas junto a un británico de origen nepalés que también deserta.

  Los exilios provocados por las dictaduras de los años 1970 son, quizá, los más representados en la literatura infanto-juvenil latinoamericana. Un libro que reflejan la de pérdida de identidad, particularmente dolorosa para padres militantes, que resulta de la emigración a edad temprana es De exilio, maremotos y lechuzas (1993), de la uruguaya Carolina Trujillo Piriz. Mientras, el chileno Víctor Carvajal analiza en Como un salto de campana (1992) los desencuentros identitarios de su protagonista, que es visto como extranjero tanto en su  exilio alemán, como en su recuperado Chile. Por su parte, la brasileña Ana María Machado relaciona audazmente en De olho nas penas (1981) el tema del exilio con el divorcio y la doble familia que adquiere el protagonista cuando su madre se casa nuevamente. Desde su doble filiación, el chico emprende un onírico viaje de descubrimiento de la tiple identidad –aborigen, europea y africana– de América Latina.

 Voy a permitirme una reflexión más demorada sobre el caso que mejor conozco. La revolución cubana ha generado una sucesión de exilios y emigraciones que ya dura más de cuarenta años, pero que ha sido insuficientemente recogida por los libros publicados en el Cuba. Sólo he podido encontrar cuatro títulos que abordan la temática, y para eso nunca como tema central: René Valdés Torres, nos presenta en Bajo el aire y el sol de Buenavista (1988) a un niño que llega –nunca se precisa de dónde– a conocer una parte de su familia y el lugar (muy idealizado, sobre todo en términos de naturaleza) donde ésta vive. Ya Enrique Pérez Díaz se compromete un poco más en dos historias muy parecidas, de niños soñadores y solitarios que sufren por la ausencia de un afecto filial masculino (padre o tío). En Inventarse un amigo (1997) dice explícitamente que el ausente escapó por mar a Estados Unidos (“Hay que tener valor para huir de aquí en una cabina de camión por esos mares enfurecidos y llenos de tiburones”), mientras que en El niño que conversaba con la mar (1999) el discurso es más ambiguo, pero aún mayor el valor liberador que se deposita en el mar, esa vasta frontera líquida. Ignoro si las ediciones cubanas de estos libros, previamente publicados en España, son integrales, pero de todos modos sus personajes emigrantes no se patentizan. Por su parte, en El oro de la edad (1998), Ariel Ribeaux Diago pone en escena a una cubana que viene de vacaciones de Italia, donde vive con un hombre a quien únicamente la une el deseo de vivir confortablemente. Masicas es una patética aculturada, una mujer que no sólo detesta a su marido sino también a su país de origen y a su hija cubana. Su catadura moral se revela crudamente en sus acciones, sus parlamentos y en la áspera relación que tiene con su hija, co-protagonista de la historia.

 De la producción de emigrados cubanos que escriben para chicos, la figura más importante es Hilda Perera. Esta veterana escritora (su Cuentos de Apolo, publicado en 1948, es una de las primeras títulos de la moderna literatura infantil cubana) ha prestado gran atención al tema de la emigración: Mai (1983) es la historia de una pequeña vietnamita que emigra a Estados Unidos tras la caída del régimen pro-yanqui de Viet Nam del Sur, y Kike (1984) presenta el difícil recorrido de uno de los niños cubanos enviados a Estados Unidos sin sus padres, cuando éstos creyeron la patraña de que el régimen de Fidel Castro iba a suprimir la Patria Potestad. Su mejor libro, por sus valores literarios y por la profundidad de sus temas, es La jaula del unicornio (1990), que narra la vida de tres emigradas: una escritora cubano-americana ya cincuentona ‑en quien podemos reconocer a la propia Perera‑, su empleada doméstica centroamericana –que reside ilegalmente en Estados Unidos- y la pequeña hija de ésta, que tras reunirse con su madre sufre la siempre compleja experiencia de la adquisición de una nueva identidad híbrida.

 Crónica de un exilio anunciado

 Mi personal contribución al tema del exilio se concentra en dos libros: Las aventuras de Rosa de los Vientos y Juan  de los Palotes (1996) y Mi tesoro te espera en Cuba (publicado en francés en 2000, la primera edición en castellano apareció dos años después en Argentina). Pero mucho antes, en 1983, escribí un libro –premiado entonces, pero hasta hoy inédito- que cuenta, en forma de leyenda, el tráfico de esclavos africanos y su identificación con la naturaleza cubana como una de las vías para vencer el desarraigo.

 De alguna manera, siempre fui un emigrante y hasta un exiliado porque mis primeros abandonos territoriales los decidieron mis padres sin consultarme. A los 3 años nos mudamos a la capital provincial. Desde entonces y hasta que entré en la Universidad, nunca completé tres años en un mismo colegio y viví en tres ciudades. No llegué a tener verdaderos amigos de escuela, pero este desgarramiento continuo me entrenó para el viaje sin fin que emprendí en 1989, cuando, después de vivir en Santiago de Cuba y de recorrer la mayor parte del archipiélago cubano me instalé en La Habana. Un amigo vaticinó entonces: “Tú hasta París no paras”.

 En efecto, cinco años después, me fui.

 En Cuba irse, así, sin complemento circunstancial de lugar, equivale a emigrar. Y esto –aún cuando no haya cambios en tu pensamiento o acción política- es un acto disidente que no se perdona. Somos casi dos millones los hijos que Cuba no perdona, pero ¿qué se le va a hacer? Siempre dejamos a Mamá por una mujer más joven y más linda. Y la mía, francesa y trashumante, vivía por entonces en Brasil.

 Los viajes siempre cambiaron mi escritura. En 1986, los 21 días que pasé en Ecuador bastaron para hacerme comprender que lo escrito está muerto si no contiene sangre del autor. Los cuentos que comencé a hacer tras aquella primera excursión al exterior aparecerían primero en traducción brasileña, y solo cuatro años después  en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento (1995), se publicó en España, cuando al fin vivía yo en París, pero fue uno de los dos libros que terminé en Dinamarca, bajo el influjo de Hans Christian Andersen, cuya obra me confirmó que en un simple cuento infantil cabe entero su autor adulto, con sus sueños, sus ilusiones, sus esperanzas, pero también sus frustraciones y sus angustias. Fue mi primer libro “en serio”, y en él hay una fábula, “Colorín, colorado, este cuento...”, que revisa la historia reciente de Cuba desde una perspectiva que sólo un emigrado podía tener.

 Sin embargo, es en Las aventuras de Rosa de los Vientos y Juan de los Palotes (1996) que se advierte la herida que me dejó el regreso a mi país tras cuatro años de ausencia: Cuba había cambiado mucho, pero también había cambiado yo, y ya no había allí lugar para mí. Sólo recientemente me di cuenta de lo que significa el último capítulo de aquel libro, donde la pareja protagonista, tras recorrer diversos países a bordo de una cometa, intenta un regreso al terruño. A donde llegan es a una versión de su país que ha vivido “otra oportunidad” histórica y no carece de espacio para que todos sus habitantes se construyan una casa en tierra firme. Rosa y Juan (o Perico, como se llama en la edición española) se encuentran con unos dobles suyos: Roso y Juana (o Perica) que, sin embargo, no titubean en emprender su viaje de bodas a bordo de la cometa. El libro tiene final abierto y, sinceramente, no sé si los recién casados vuelven, si Rosa y Juan se quedan en su país cambiado ni si intentan encontrar el país original... 

 No en todo lo que he escrito desde que me hice “ciudadano del mundo” están presentes Cuba y mi consciencia de emigrante. Pero durante 10 de mis primeros años de trashumancia estuve re escribiendo la otra obra en que abordo más directamente el tema de la emigración. Mi tesoro te espera en Cuba es mi única novela verdaderamente realista y habla de la Cuba de hoy en términos muy conscientes. Su protagonista es una chica española que viaja a Cuba en busca del rastro que allá dejó su tío bisabuelo, un emigrante que hizo fortuna en la isla hasta que la Revolución lo obligó a irse, perdiendo no solo sus riquezas, sino su felicidad. La niña descubre, con sus ojos de extranjera la belleza y las frustraciones de la Cuba actual, y hace amistad con un grupo de chicos cubanos, pese a los prejuicios ideológicos que los separan.

 Lejos de ser un ajuste de cuentas, esta novela comenzó siendo el regreso a Cuba que yo no lograba realizar. Después, se convirtió en un intento de explicar la contradictoria y compleja realidad cubana a unos lectores que solo disponían de informaciones parciales y superficiales
–diabolizantes o, por el contrario, idealizantes– y que son mi público de siempre: los chicos.

Supongo que volveré a escribir sobre emigración y exilio. Dicen que cada escritor  escribe siempre el mismo libro. No estoy de acuerdo y mi obra creo que muestra suficiente variedad de temas y estilos. Sin embargo, no hay dudas de que no lo he dicho todo sobre esa cuestión que me parte el corazón. La sangre que por la herida brota debe fecundar nuevas páginas. Confiemos en que sean las mejores.

 __________
* Comunicación presentada en las Jornadas para Docentes y Bibliotecarios de la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires,  julio de 2003.

 bibliografía

 Alonso, Dora: Ponolani. La Habana. Gente Nueva, 1978.

Alegría, Ciro: Sueño y verdad de América. Madrid. Alfaguara, 1984.

Asturias, Miguel Ángel: Leyendas de Guatemala. Barcelona. Alianza Editorial, 1981.

Barnet, Miguel: Cimarrón. La Habana. Editora Juvenil, 1967.

Beecher Stowe, Harriet: La cabaña del Tío Tom. Madrid. Codex, 1965.

Carvajal, Víctor: Como un salto de campana. Santiago de Chile. Alfaguara, 1992.

Comino, Sandra: Así en la tierra como en el cielo. Bogotá. Norma, 1998.

Cooper, Fenimore: El último mohicano. Madrid. Espasa Calpe, 1998.

Defoe, Daniel: Robison Crusoe. Madrid. Anaya, 1993.

Eckardt, Marcelo: El desertor. Buenos Aires. Eidiciones Quipú, 1992.

Ercilla, Alonso de:  La Araucana http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/ercilla/laaraucana.htm

Fenelón: Las aventuras de Telémaco. Madrid. Aguilar, 1962. http://cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=2735

Fox, Paula: La danza de los esclavos. Barcelona. Noguer, 1996.

Frank, Anna: Diario de Ana Frank. Buenos Aires. Plaza y Janés, 2001

Härtling, Peter: Muletas. Madrid. Alfaguara, 1992.

Kerr, Judith: Cuando Hitler robó el conejo rosa. Madrid. Alfaguara, 1987.

Martí, José: La edad de oro. La Habana. Centros de Estudios Martianos y Editorial Letras Cubanas, 1979.

Machado, Ana María: De olho nas penas. Río de Janeiro. Salamandra, 1981.

Perera, Hilda: Mai. Madrid. Ediciones SM, 1983.

_____________: Kike. Madrid. Ediciones SM, 1984.

_____________: La jaula del unicornio. Barcelona. Noguer, 1990.

Pérez Díaz, Enrique: Inventarse un amigo. Barcelona. La Galera, 1997.

___________________: El niño que conversaba con la mar. Barcelona. Edebé, 1999.

Perrault, Charles: Cuentos completos de Charles Perrault. Madrid. Anaya, 1997.

Ribeaux Diago, Ariel: El oro de la edad. La Habana. Ediciones Unión, 1998.

Rosell, Joel Franz: Los cuentos del mago y el mago del cuento. Madrid. Ediciones de la Torre, 1995

_________________: Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico de los Palotes. Ediciones Capiro (Santa Clara, Cuba) y El Arca (Barcelona, 1996), Alfaguara, 2004.

_________________: Mi tesoro te espera en Cuba. Buenos Aires. Sudamericana, 2002 (la primera edición es en lengua francesa: Cuba, destination trésor. París. Hachette, 2000).

Salgari, Emilio: Los piratas de la Malasia. México. Porrúa, 1990.

_______________: Los tigres de Mompracem. Buenos Aires. El Ateneo, 2000.

Suez, Perla: Dimitri en la tormenta. Buenos Aires. Sudamericana, 1995.

Swift, Johnattan: Viajes de Gulliver. Madrid. Anaya, 1993.

Trujillo Piriz, Carolina: De exilio, maremotos y lechuzas. Buenos Aires. Colihue, 1993.

Twain, Mark: Las aventuras de Huckleberry Finn. La Habana. Gente Nueva, 1975.

Valdés Torres, René: Bajo el aire y el sol de Buenavista. Pinar del Río. Ediciones Hermanos Saíz, 1998.

Vega, Inca Garcilaso de: Comentarios reales http://www.ar.geocities.com/marcelofuentes1/ garcilaso/comentario01.htm

Verne, Julio: 20 000 leguas de viaje submarino. Buenos Aires. ACME, 2000.

___________ : La isla misteriosa. Madrid. Altea, 1996. http://jgverne.tripod.com/VE/IMisteriosa.htm

Varios: Dictionnaire historique, thématique et technique des littératures (littératures française et étrangères anciennes et modernes. Obra colectiva (más de 200 autores) bajo la dirección de Jacques Demougin. París. Larrouse, 1985. 2 Tomos.

 

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